domingo, 29 de mayo de 2016

SOBRE PONERSE LA FILOSOFÍA EN SU LUGAR


«Probablemente, hayan sido noches de insomnio las que han inducido a ciertos meditadores a preocuparse por el lado hacia el que se acuesta la filosofía, para encontrar su espacio y objeto, con el fin de acertar triunfalmente en su idónea posición, y procurarse de este modo feliz descanso. Muchos son los animadores gustosos de convocar camas redondas donde celebrar los festejos de las bellas artes y las bellas escrituras, todas unidas en promiscuo abrazo, en una propuesta, sin duda, más excitante que la que proclaman los amantes del ensimismamiento y de las colaciones en mesas separadas.

¿Se acuesta la filosofía más a la ciencia o a la poesía? Si se toma esta insinuante pregunta como una directa proposición, hay que hacer constar que ya se han dado respuestas confirmadoras de tales relaciones, desde las tesis sostenidas por el positivismo lógico —sus epígonos y sus neos correspondientes, que se consuma  tras el enlace de la denominada  filosofía científica— hasta la ordenación de los Románticos de gradual generación pero semejante conversión, que se consumen ante la proclamación de una poesía filosófica (o filosofía poética), garante de una elevación hasta el Absoluto. ¿De dónde procede tan celestino empeño por emparejar a la filosofía?»

Fragmento del artículo «El valor filosófico. Demarcación y géneros en filosofía y literatura», en Claves de razón práctica, Madrid, ISSN 1130-3689, Nº 94, 1999, págs. 73-78


Para un mayor desarrollo de este asunto, véase
(Alfons El Magnànim, Valencia, 2004). 


lunes, 9 de mayo de 2016

JOSÉ ORTEGA Y GASSET, EL FILÓSOFO DE LA ELEGANCIA


«no es éste, en rigor, un ensayo sobre José Ortega y Gasset, sobre su vida y obra, ni siquiera sobre su teoría de la elegancia –empresa aún pendiente y que urge acometer más pronto que tarde, como diría, y de hecho dijo, Ortega–, aunque sí está compuesto intencionalmente desde la perspectiva orteguiana de lo que significa hacer filosofía en la elegancia. Ortega no llegó a escribir nunca un libro consagrado a la elegancia –tampoco a la ética, por otra parte–, y sus referencias al asunto son tan contadas como dispersas. Pero aun así, y como ocurre con otros ejemplos de su producción intelectual, lo que sugiere y premedita en tales huellas patentiza un legado y una promesa de realización muy útiles para posteriores navegaciones.

Efectivamente, Ortega anunció un libro sobre la ética y una «meditación sobre la elegancia», y ninguna de las dos promisiones llegó a materializarse textualmente. Nos quedamos al fin sin esa prometedora pareja de libros, mas no por ello sería justo colegir que el filósofo incumplió su palabra, pues la práctica totalidad de sus textos acoge el sentido pleno de ambas llamadas, que representan, más que meros llamamientos o invocaciones, la proyección de una genuina vocación. Cierto, aunque Ortega no escribió expresamente muchas páginas dedicadas a la elegancia, si las comparamos con el volumen total de su producción, toda ella sigue el pulso inconfundible de lo elegante.


Reconocemos una demostración matemática como ejemplar elegante, observa Ortega, cuando consigue probar un teorema con el menor número de ideas intermedias. Por esta convicción arribamos al conocimiento del módulo de la elegancia, a saber: «la expresión más sobria de una máxima potencialidad, de un poder activo y funcional.» El dinamismo vital se revela en la sobriedad, pero en la sobriedad bien entendida, no como impostura envuelta en falsa modestia, sino como dechado de discreción, mesura y compostura. De Ortega podríamos afirmar lo que él a su vez enuncia del capitán Alonso de Contreras: que tenía una erudición elegante. En ese sentido preciso y pleno, es en el que advertimos en la escritura de Ortega un movimiento lujoso y exuberante, relumbrante y magnífico, característico de la escritura elegante.

Para el propósito de este libro, entenderemos aquí por escritura elegante, y a cuento de la filosofía, la exquisita y selecta manera de decir, de comunicar, de hacer pública, una penetrante meditación sin tener que mudar por ello de género literario, sin tener, por tanto, que caer en brazos de la Literatura. Se trata, en consecuencia, de una clase de inspiración –pero también de ejercicio– que habilita para pensar con bello estilo sin perder las formas, haciendo con ello posible un pensamiento distinguido, por así decirlo.»




viernes, 6 de mayo de 2016

POR QUÉ NO HAY QUE MOSTRAR HOY IMÁGENES DE LAS TORRES GEMELAS HERIDAS (MANHATTAN, 1973-2001)


La imagen de las Torres Gemelas de Manhattan está grabada en las mentes de millones de personas del mundo entero. Registrada en infinidad de fotografías, documentos y películas, ha pasado por toda clase de pantallas (películas, reportajes) y de  papeles (periódicos, revistas), desde que fue inaugurada la gran obra arquitectónica en el World Trade Center de Manhattan, Nueva York, en el año 1973. Constituían, pues, una presencia poderosa y una significación icónica muy atrayente y señalada por quienes maquinaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Por este motivo eligieron ese objetivo como uno de los principales a abatir en el día de la vesania y, desde luego, el de mayor repercusión mundial, en y por todos los medios.

El ataque terrorista fue cruento y sanguinario, pero el impacto que pretendían los que lo perpetraron era esencialmente visual, mediático. El terror global se persigue mediante la transmisión de la muerte en directo, la difusión planetaria del espectáculo de la devastación. Y crece merced a la recreación, haciendo de la devastación un espectáculo o un producto publicitario. El terror pretendido se perpetúa por la vía de la retransmisión y la reposición, convirtiendo el 11-S en un acto repetido, una herida que se abre día a día.

 Desde esta fatídica jornada, cada fotografía, cada plano, cada escena, cada nueva reproducción de las Torres Gemelas, que no ya no están, significa la reiteración del ataque, un desafío renovado, una celebración más.

Cada nueva representación de la fechoría no evoca tanto que el criminal vuelva una y otra vez al lugar del crimen cuanto que las víctimas y sus deudos (todos los espectadores del mundo) vuelvan incontables veces a contemplar lo que les falta.

Cada nuevo pase de la secuencia de los hechos supone literalmente una recaída, un acto provocador de reincidencia, un recuerdo con sabor a amenaza, otro aviso, otra advertencia: para que veas...

Recordar la vesania implica insistir en los efectos de la destrucción, no en la destrucción misma. Al publicar imágenes relacionadas con el terrorismo, las víctimas, los caídos, han de ser los protagonistas.

En consecuencia, lo justo y decente es mostrar (con decoro, respeto y patriotismo) el daño producido, no el trofeo colgado en la pantalla.

Mostrar imágenes de las Torres Gemelas de Manhattan (sobre todo, en llamas) es, para los terroristas y sus secuaces, un botón de muestra, la muestra del botín.


Para un mayor desarrollo de este asunto: Cine, espectáculo y 11-S (Amazon-Kindle, 2012)


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Post Scriptum

En el mes de julio de 2016, he tengo la oportunidad de visionar The Walk (2015), película dirigida por Robert Zemeckis y escrita por Christopher Browne y el propio Zemeckis. La trama del film está a hazaña en hechos reales: la hazaña del funambulista francés Philiphe Petit, quien en1974 cruzó sobre un cable de acero las Torres Gemelas en Manhattan desde una terraza a otra, cuando todavía se encontraba en construcción.

Dedicada expresamente a las víctimas de los atentados terroristas del 11-S, el film (independientemente de su calidad cinematográfica; discreta) representa un encomiable homenaje a las Twin Towers, así como un encomiable esfuerzo artístico de reconstrucción.

Debido a la relevancia de este trabajo fílmico, de alto valor simbólico, la próxima actualización de Cine, espectáculo y 11- S (previsto para septiembre de 2016) se hará eco del mismo, revisará y pondrá al día el propósito básico de este libro en movimiento: las tragedias humanas y su tiempo artístico. 

Próximamente en sus pantallas.