jueves, 26 de mayo de 2011

'FOUCHÉ. RETRATO DE UN POLÍTICO' de STEFAN ZWEIG


Stefan Zweig, Fouché. Retrato de un político, traducción Carlos Fortea Gil, Acantilado, Barcelona, 2011, 288 páginas

Stefan Zweig no escribió una biografía, como tal, de Napoleón Bonaparte. El escritor austriaco, tal vez el más notable biógrafo que han dado las letras universales, no dedicó una monografía explícita a uno de los héroes (en el sentido que Thomas Carlyle aplica al término «héroe») más renombrados de todos los tiempos, una figura esencial, un experto en cambiar el curso de la historia. No quiere decirse con esto que Zweig ignorase personaje tan extraordinario. Ocurre que la Revolución Francesa y Napoleón, como dos hitos históricos que son, los trató a fondo, aunque no directamente, a través de un protagonista aparentemente de segunda fila, un oscuro actor de reparto, pero que, en realidad, interpretó un papel capital en el siglo XIX. Hablamos de Joseph Fouché.

No compone, ciertamente, Zweig una monografía sobre la Revolución Francesa, ni sobre Luis XVI. Sí nos da dado, en cambio, su obra más memorable en lo que a género biográfico se refiere: Maria Antonieta. Tampoco Zweig dedica de modo explícito un estudio a Isabel de Inglaterra, cabeza regia importante donde las haya, pero sí escribe, sin olvidarse de la «reina virgen», una portentosa pieza histórica y literaria acerca de la vida y muerte de María Estuardo. No busque nadie ningún título que responda al nombre de Martin Lutero, otra notoriedad decisiva en los destinos históricos, lo que no es óbice para que el máximo inspirador de la reforma protestante fuese retratado, como en un «negativo» fotográfico, en el libro dedicado a biografiar la persona de Erasmo de Rótterdam. Ecos del fraile agustino pueden escucharse, asimismo, y con graves resonancias, en el soberbio ensayo Castellio contra Calvino.

Zweig es un maestro del género biográfico, entre otras razones por la admirable capacidad que demuestra a la hora de cotejar y confrontar singularidades contrapuestas. En la biografía consagrada a Fouché, Zweig enfrenta al biografiado con Napoleón, pero asimismo con Robespierre y Talleyrand. En ella, sabemos de los personajes por sus rasgos propios, tanto físicos como psicológicos, y en esta labor la escritura de Zweig brilla en esplendor y precisión. Pero también sabemos de ellos por contraste con otros prohombres contemporáneos suyos. Todos ellos reflejados en el espejo de la Historia.

En el estudio sobre Fouché, Zweig no sólo realiza el «retrato de un político», sino del político par excellance. El político —el arquetipo político— vive de la acción y de la ocupación. Esto sostiene José Ortega y Gasset en su ensayo sobre Mirabeau. Su oficio no es pensar, sino actuar. Su temperamento es puro nervio, excitación extrema. La constitución que lo estructura, y hace de él un animal político, es básicamente fisiológica: «el político es —como Mirabeau, como César—, por lo pronto, un magnífico animal, una espléndida fisiología.» Tal descripción muy bien podría aplicarse a la tipología del hombre político que Zweig desarrolla en Fouché.

Pero hay todavía más. La biografía del plenipotenciario ministro francés ofrece un fresco soberbio de los tiempos modernos nacidos de la guillotina y la Enciclopedia, unos tiempos abiertos en canal que inician sus pasos de modo un tanto torcido, sin duda sangriento, a todas luces, conflictivo. Unos tiempos que se desbordan en el siglo XX, centuria particularmente tenebrosa, ensombrecida por dos guerras mundiales y la emergencia de los totalitarismos más destructivos jamás conocidos en la historia del hombre: el nazismo y el comunismo. «Genio tenebroso» es, justamente, el sobrenombre por el que suele reconocerse a Fouché, y subtítulo añadido al título de la biografía de Zweig en no pocas ediciones. No cabe duda de que el escritor vienés elegía con suma atención las personalidades a biografiar.

Stefan Zweig (Viena, 1881 - Petrópolis, Brasil, 1942) fue, ya en su momento, un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Un autor que amó y padeció Europa en proporciones muy considerables. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo hacen de él un escritor que cautiva al gran público sin dejar indiferentes a los lectores más exigentes y especializados. En lector en español, dispone de unas veteranas obras completas del autor austriaco editadas en cuatro volúmenes por la editorial Juventud. Desde hace unos años, la editorial Acantilado está realizando una meritoria labor de reedición de una buena parte de la inmensa obra del Zweig. Hasta la fecha han aparecido los siguientes volúmenes: La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche); Castellio contra Calvino (Conciencia contra violencia); Momentos estelares de la humanidad (Catorce miniaturas históricas); El mundo de ayer (Memorias de un europeo); La embriaguez de la metamorfosis; Veinticuatro horas en la vida de una mujer; Novela de ajedrez; Carta de una desconocida; Los ojos del hermano eterno; Ardiente secreto; El amor de Erika Ewald; Tres maestros (Balzak, Dickens, Dostoievski); Noche fantástica; La mujer y el paisaje; Correspondencia; Montaigne; La curación por el espíritu; El candelabro enterrado; La impaciencia del corazón; Noche fantástica; El legado de Europa; Amok; Viaje al pasado; Mendel el de los libros; ¿Fue él?; y, en fin, la biografía Fouché que ahora reseñamos.

Epítome del funcionario plenipotenciario, del político incombustible que enciende pasiones y no deja crecer la hierba allá por donde pasa, este Atila de los ministerios es, sin reservas, un personaje fascinante. «Uno de los hombres más extraordinarios de todos los tiempos» afirma decididamente Zweig en las primeras líneas de la Introducción que abre el libro. Pocos sujetos han acaparado tanto poder en la Historia como Fouché; pocos han sido más ricos; pocos, trabajando en la sombra, han tenido más influencia sobre los hombres públicos de mayor perspectiva y proyección. Todo en su personalidad resulta fuera de lo común.

«Cuesta cierto esfuerzo imaginar que el mismo hombre, con igual piel y los mismos cabellos, era en 1790 profesor en un seminario y en 1792 saqueador de iglesias, en 1793 comunista y cinco años después ya multimillonario, y otros diez años después duque de Otranto. Pero cuanto más audaces eran sus transformaciones, tanto más interesante me resultaba el carácter, o más bien no carácter, de este hombre, el más consumado maquiavélico de la Edad Contemporánea, tanto más incitante se me hacía su vida política, completamente envuelta en secretos y segundos planos, tanto más peculiar, hasta demoníaca, su figura.» (págs. 9 y 10).

Sucede que este hombre «de cara pálida» dedica su vida a la política, y sin pretenderlo, escribe una página histórica de ciencia política. Vela sus armas públicas con los girondinos, se une a Robespierre, lo derriba, sobrevive, se arrima a Napoleón, quien lo teme más que a Wellington, compite con Talleyrand, quien (a pesar de todo) le sobrevive, ayuda a la restauración de la Monarquía en Francia. Allá por donde pasó, en todas partes, dejó memoria amarga Fouché.

domingo, 22 de mayo de 2011

EL HUEVO DE LA SERPIENTE


 Tribuna de Opinión, publicada en el diario de Valencia, Las Provincias, en abril de 2004. Recientes fenómenos acontecidos en España, y todavía en danza, aconsejan recuperarla y volver a sacarla a la luz. La dedico ahora, especialmente, a quienes creen que en la política española de los últimos tiempos suceden cosas novedosas, sorprendentes y sumamente espontáneas. He respetado el título original tal y como lo concebí en su día, pues juzgo que sigue estando plenamente vigente. Sin embargo, ofrezco en esta ocasión una versión reducida del texto original. No pongo el enlace con éste, que permitiese consultarlo en su totalidad, por no estar la página «viva» en la hemeroteca del citado periódico. Sea como sea, un poco de «memoria histórica» (pero, de las de verdad), creo que no estará de más.

«[…] Ocurre que desde hace aproximadamente dos años [hoy, habría que decir, al menos, diez años] se ha levantado la veda en España para montar una cacería, personal y política, contra el centro-derecha, justificada por una doble estrategia: una, política, agrupada tras la consigna de “todos contra el PP”; la otra, emocional, amparada en el sospechoso recurso a la indignación popular.
Dos excusas, en fin, para urdir comportamientos intimidatorios, cuando no estrictamente violentos. Sea a cuenta de la huelga general política convocada contra el denominado “decretazo”; del accidente marítimo del Prestige; de la guerra de Irak; del accidente aéreo del Yak-42; sea como consecuencia, en fin, de los terribles atentados en las estaciones de ferrocarril en Madrid, el caso es que aquí, por tierra, mar y aire, se ha organizado un campaña a gran escala contra la derecha y el PP, sobre quienes se han cargado todas las calamidades y catástrofes habidas y por haber.
La anterior oposición [entonces el PSOE; hoy, ha conseguido, a todo precio, el objetivo de estar en el Poder, continúa en él], unida en una artificiosa y no poco impostada alianza, no se ha conformado con echarlos del Gobierno. En su propósito parece planear la desaparición del mapa de una opción política que ha gobernado España en estos últimos ocho años con gran apoyo popular y que constituye el primer partido nacional. […]
¿A qué viene semejante castigo y enemistad política? La versión más vulgarizada apela a la “natural” indignación de la población causada por un estilo de gobernar. Sin embargo, lo que promueve esta reacción emocional (tan espontánea como los asaltos a sedes del PP) no se conforma con la recusación a la gestión concreta de unos asuntos públicos concretos (no todos: los datos sobre creación de empleo y superávit económico no serían necesariamente indignantes), sino que llega hasta el punto de calificar de “asesino” al adversario político.
Si esto lo protagonizan altos dirigentes y personalidades públicas, ¿qué no harán los movimientos antisistema y quienes conciben planes rupturistas radicalizados que ven en esta marejada una oportunidad dorada para enmascararse y cubrirse? Si “sus mayores” argumentan que todo vale contra el PP y la derecha (se les tilda de representar el “neofranquismo”), ¿qué no harán los “jóvenes guerreros”, los grupos anarquistas y antiglobalización, crispados por efecto del capitalismo y el neoliberalismo reinantes…, o los okupas, muy indignados por el precio de la vivienda y los planes urbanísticos del PP, sea en la capital o en el Cabañal?
Cuando el fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña considera “inoportuno” actuar contra los manifestantes que asaltan las sedes populares en la jornada de reflexión previa al 14-M o cuando la titular del Juzgado de Primera Instancia número 3 de Aranjuez absuelve a un vecino de la localidad que llamó "asesina" a una interventora del PP en las elecciones generales por considerar el hecho un “mero desahogo verbal”, ¿qué inhibición sentirán los que quieren tomarse la justicia por su mano y castigar a la “prensa canallesca”?
Es cómodo, y aun provechoso, servirse de quienes levantan la pieza para abatirla. Pero, sépase que cuando se incuba el huevo de la serpiente resulta muy difícil después contener el efecto de su veneno.
Fernando R. Genovés»

viernes, 20 de mayo de 2011

EL 15-M Y LA VUELTA AL 13-M


En fin, los progresistas reactivos lo han conseguido de nuevo. Ante la perspectiva real de que no ganen los «suyos» unas elecciones: movilización general, coacción en masa, mucha indignación y el anzuelo de la «democracia real». Se dicen llamar Movimiento 15-M, pero a mí este montaje me evoca, simplemente, el 13-M de 2004. La misma tropa y la misma oficialidad al mando.
Si dicen ser independientes y apolíticos, ¿por qué acampan frente a la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, donde Esperanza Aguirre, candidata del PP a las próximas elecciones, tiene su despacho? ¿Por qué no se concentran ante La Moncloa, donde mora ZP?
Finalmente, los retro-progresistas han logrado su sueño utópico: que en las páginas de los periódicos de medio mundo aparezca España como un país tercermundista o, peor aún, como un antiguo régimen de «socialismo realmente existente» en permanente revolución; que se compare la Puerta del Sol de Madrid con la plaza Tharir en El Cairo; y que, en suma, nos vean, ya ni siquiera como una nación emergente, sino como un pueblo insurgente. Spanish Revolution, again, forever. 
 ¿Por qué le llamarán «democracia real» si, en verdad, anhelan más «socialismo real»? Muy sencillo, porque la consigna «democracia popular» ya ha caducado, porque lo manifestado quedaría de manifiesto (comunista) y, sobre todo, porque tendrían más dificultad para confundir al espectador crédulo y a la opinión pública, por lo general, tan incauta. 

domingo, 15 de mayo de 2011

¿INDIGNAOS O INDIGNADOS?


Ante el indiscutible éxito editorial del libro ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, algunos han mostrado su desconcierto a la vista del hecho de que un ensayo, género poco apreciado por el lector español, haya vendido, de momento, más de 200.000 ejemplares en nuestro país (muchos más en Francia y otros países del orbe). Total, se dirá, a propósito de un texto que sólo preconiza la indignación y la rebeldía, así sin más, ni más.  

Un panfleto que sentencia la «dictadura de los mercados» (portentoso oxímoron) y exige más regulación política en la vida, la libertad y la propiedad de los individuos (cuiden la cartera y renueven el pasaporte). Un librito con «Introducción» de José Luis Sampedro, otra vieja gloria de la revolución perdida, aunque de permanente reclamación.
Una soflama, en suma, sin análisis serios ni propuestas fundadas ni alternativas argumentadas que ofrecer, que es un éxito de ventas. ¡¿Cómo es posible?! Calma, no se me subleve, querido lector. ¿Acaso creía que indignarse es algo más que eso…?


A la vista de la reactivación de esta pasión desaforada, o sea, la indignación (curiosamente otra vez, en las calles, unos días antes de unas elecciones en España...), desempolvo de la hemeroteca, para quien le pueda interesar, un artículo que escribí para Libertad Digital, titulado «Santa cólera y justa indignación» y publicado el 1 de febrero de 2005. Ofrezco en esta ocasión una versión revisada y reducida del mismo.

«Pese a que la cólera y la indignación componen, en compañía de otros vocablos enérgicos, una galaxia de pasiones del alma altamente inflamable y muy ruidosa, o quizás precisamente por ello, es habitual distinguir a estas emociones desatadas con unos adjetivos muy solemnes y cualificados. Desde Aristóteles, es costumbre interpretar la indignación como una honorable descarga de espíritu justiciero (la “justa indignación”). La cólera se considera, asimismo, como una exaltación propia de dioses y héroes (la “cólera de Aquiles”).
De la irrupción de estas turbaciones es preciso precaverse por lo que conllevan de actuación y maquillaje, así como de quienes se sirven de ellas con fines espurios.


Una muestra más de estas virtualidades apasionadas ha quedado confirmada en la reciente manifestación convocada por la Asociación Víctimas del Terrorismo en la que algunos árboles no han dejado ver el bosque y unos cuantos han querido sacudirlos a fin de recoger sus frutos. O hacer como que son zarandeados con similar propósito. Curiosamente, advertimos esta actitud hipócrita en personas a quienes les irrita e indigna sobremanera que otros hagan lo propio, aunque en dirección contraria.
De este modo, la ira retrocede, disminuye y pierde valor en el momento en que los humillados y ofendidos pertenecen a una parroquia compuesta por fieles, o infieles, con los que uno no comulga en absoluto. No hay que extrañarse demasiado por este fenómeno de sectarismo y travestismo político y social, puesto que no evidencia una anomalía de la fenomenología de la cólera y la indignación, sino la exacta definición de su sentido y significación.
Es característico de ambas pasiones —cólera, indignación— lo selectivo y partidista de su empleo. Asociada comúnmente a la idea distributiva de la justicia (y no, por ejemplo, la conmutativa) se da a entender que quien expresa cólera e indignación ante una determinada acción o situación ya tiene inmediatamente asegurada la legitimación, quedando su reivindicación sólidamente blindada.
No hay, pues, razones para indignarse. Ocurre que uno ya tiene razón por el hecho de indignarse. Si rojo de ira y vibrante de cólera expone una denuncia o queja, por algo será, algún motivo tendrá… No es insólito escuchar esto. Suceden, no obstante, cosas más serias: aquel que se refugia tras la fama y la flama de estas emociones encendidas, no suele reconocer en el otro el derecho a esgrimirlas.
En consecuencia, hay quienes tienen derecho a indignarse y montar en cólera a la menor ocasión, persuadidos de que su causa es incuestionablemente justa, hasta el punto de que, de hecho y derecho, el paradigma de la justicia les pertenece. Y hay, en el otro lado, a quienes no se les reconoce el derecho de disfrutar de semejante don. He aquí una distinción, por lo demás, inapelable y que salta a la vista.

Fernando Savater, días después de la citada manifestación ciudadana en contra de la re-legalización de Batasuna (lo contrario de relegarlo a la ilegalidad)y de cualquier clase de entendimiento y negociación con el terrorismo, y en referencia a ciertos participantes en el acto que presuntamente se insolentaron contra la autoridad, de lo militar, por supuesto, escribe indignado:

Está meridianamente claro que el radicalismo obtuso de ese grupo, fuera más o menos numeroso, no expresaba ninguna santa cólera, sino sólo el pataleo intransigente de quienes siempre están deseando rebasar y pervertir los cauces de expresión democráticos en nombre de las supuestas urgencias incontenibles del pueblo ultrajado.” (Fernando Savater, “La orejas del lobo”, El País, 27/1/2005). 
 
Por lo visto y leído, existen energúmenos de distintas clases. Por una parte, los que se cabrean y agitan legítimamente porque les mueve la cólera santa, pero laica, y tienen todo “meridianamente claro”. Por otra parte, los “obtusos”, los privados de cólera, sea santa o laica, que no tienen derecho al pataleo ni pueden sentirse “pueblo ultrajado”.
En el especial que publicó El País (siempre, ay, El País) a finales de la pasada centuria, “21 respuestas a las preguntas del siglo XXI”, Savater se ocupaba del interrogante “¿Qué será de la ética?”. Allí afirma lo siguiente: “no creo que la indignación moral pueda suplir en modo alguno la reflexión política. Es más, puede obstaculizarla en lugar de purificarla y favorecerla.”
Con tales palabras, diríase que el autor abogaba por la adopción en la vida pública de una actitud medida y equilibrada, alejada, por tanto, de la némesis, y distante de aquellos dinámicos filósofos que dicen “entender la política como traducción práctica de la indignación moral” (verbigracia, Reyes Mate). ¿Será, será, que en esta ocasión nuestro autor ha abandonado la serena reflexión y se ha dejado llevar por la santa indignación, iluminado por la ciega justicia…? ¿O acaso juega a la equidistancia?
Aún hay más. Pues, colmados estamos de ejemplos muy poco ejemplares. Hastiados, también, de asistir a la exhibición diaria de las ocurrencias de los intelectuales, esos “portavoces de la indignación informada” (Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas). Saciados, asimismo, de asistir a una inagotable profesionalización de la indignación, también conocida como “indignación del oficio” (David Gistau,“Los indignados”, La Razón, 30/8/2004). […]
Algunos catedráticos de Ciencia Política no se quedan mudos tampoco. Vicenç Navarro se refirió no hace muchos años (8/1/2003) en El País (siempre, ay, El País) a la violencia practicada por el bando de la República en 1936 como un caso excepcional de “violación de los derechos humanos”, aunque puntualizó a continuación que “por lo general tales actos fueron espontáneos, como resultado de la indignación popular por el golpe militar de 1936 y en respuesta a las brutalidades realizadas por el bando franquista”.
Tampoco echamos en falta la inevitable fundamentación filosófica de la cosa. El teórico marxista Ernst Bloch distinguió en los años 70 entre el “odio de razas” y el “odio de clases”. El primero, representado por Hitler, sería condenable, mientras que el segundo, excusable y aun ensalzable: “tiene una fundamentación desde Espartaco hasta Marx y sus motivos son en parte elevados”.
Ocurre que “la ira”, añade, “tiene motivos superiores […], es una fuerza que ha llevado al asalto a la Bastilla, a la derrota de Swing-Uri, a la indignación por dignidad humana”.
Hoy, los profesionales de la indignación todavía hacen gala de una osadía sin freno. José Saramago al cumplir los 80 años, tras ser agasajado en un acto en Brasil, declara en el momento de los brindis: “En los años que me restan, habrá más libros y, sobre todo, más indignación”. Amén. 


“Santa”, “justa” y da esplendor. A más de uno la indignación, “su misma bella indignación”, escribe irónico Nietzsche, “le sienta bien, el injuriar es un placer para todo pobre diablo: es una pequeña embriaguez de poderío”. (“Incursiones de un intempestivo”, El ocaso de los ídolos).»

miércoles, 11 de mayo de 2011

SE LE PONEN LOS HUEVOS DE GALLINA


Declara el Presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, tras la deposición del reciente fallo a su cargo que rechaza ilegalizar la ecuación institucional ETA/Batasuna/Bildu, que le pone la carne de gallina oír o leer «frases generales» que cuestionan su independencia judicial. Cree el alto magistrado que dicho atributo, la independencia, se le debe suponer, como el valor en la mili al recluta. Pero, los hechos «concretos» hablan en su contra. Y, esta vez, como a la mujer del césar, debe exigirse al consorte del príncipe no sólo ser honrado, sino también parecerlo.

En cualquier caso, a mí esta magistrada frase, propia de un general en campaña…., me recuerda otra bufonada. La de Tip y Coll, éstos sí magistrales humoristas, quienes, jugando con las palabras, decían que escuchar determinadas manifestaciones les ponían los huevos de gallina. Pues eso.

lunes, 9 de mayo de 2011

«HISTORIA DEL ESPIRITU GRIEGO» de WILHELM NESTLE



Wilhelm Nestle, Historia del espíritu griego. Desde Homero hasta Luciano, traducción de Manuel Sacristán Luzón, Ariel, Barcelona, 2010, 388 páginas

Todo está en Grecia. Esta sentencia, sin duda exagerada e inflamada por efecto de emociones despiertas y vivaces, como son el asombro y la admiración, no es de ninguna manera desquiciada o sobreexcitada. Resume, en pocas palabras, la idea principal de lo que representa la obra de los griegos para la historia de la humanidad. En tan firme dictamen hallamos, sencillamente, tanto sentido y tanta verdad como en la declaración de Tales de Mileto, según la cual «todo es agua».
Wilhelm Nestle (1865- 1959), nacido y fallecido en la ciudad germana de Stuttgart, cursó estudios de Filología clásica, Filosofía e Historia en la Universidad de Tubinga y en la Universidad Humboldt de Berlín. A raíz de la publicación de su primera obra, Euripides, der Dichter der griechischen Aufklärung, se incorpora como profesor en el seminario teológico evangelista de Schöntal. Entre otros cargos académicos, fue director de estudios superiores en el Karlsgymnasium de Stuttgart, rector del Heilbronner Karlsgymnasiums y profesor honorífico de filosofía griega en la Universidad de Turinga.
Autor de numerosos trabajos sobre filología —entre una producción de más de treinta libros y varios cientos de artículos científicos—, los títulos más conocidos de su obra se centran, sin embargo, en la investigación acerca de la filosofía griega. Vom Mythos zum Logos, obtuvo, por ejemplo, el premio Kuno Fischer, otorgado por la Universidad de Heidelberg. Pero su obra más celebrada es, sin duda, Historia del espíritu griego. Texto publicado en primera edición en 1944 (Historia del espíritu griego desde Homero hasta Luciano, expuesta en su desarrollo desde el pensamiento mítico hasta el racional es el título completo en el original; en España no fue publicado hasta 1961), conoce ahora en nuestro país una nueva reimpresión. La monografía, desde su publicación, ha formado parte de la bibliografía básica en múltiples generaciones de estudiantes de filosofía, historia y literatura en las universidades de todo el mundo. Se ha mantenido en la reedición presente la traducción al español, firmada por uno de los autores de cabecera de la tradición marxista en España durante los años sesenta y setenta, Manuel Sacristán.
Todo está en Grecia. Todo es agua. Ambas resoluciones universalizadoras, herederas de similar espíritu explorador y descubridor, remiten al origen y fundamento de una realidad que aspira a erigirse en la realidad. No hay es esta actitud dogmatismo alguno, aunque sí radicalismo —ir a la raíz de las cosas — y búsqueda de objetividad.
A partir de una idea principal nacida de la observación y fecundada por la razón, Tales de Mileto funda el pensamiento racional alrededor de una escueta declaración en la que aspira a reunir intelectivamente lo uno y lo múltiple en lo real: la inmensa diversidad de la naturaleza puede reducirse a un elemento (o núcleo de elementos, se añadirá después), como condición necesaria para la comprensión racional. El caos da paso al cosmos; el azar, a la necesidad.
Desde ese momento, todo va ser distinto en el panorama del conocimiento y la comprensión del hombre, de la vida humana. ¿Por qué consideramos a Tales el primer filósofo? Según sostuvo el filósofo español Gustavo Bueno en el volumen La metafísica presocrática, Tales cuenta para la historia como el primero de la lista no tanto porque antes de él no hubiese habido otros filósofos (un dato imposible de comprobar y probar), sino porque después de Tales hubo más filósofos. Encontramos aquí el acta de nacimiento de la filosofía y la ciencia, porque con Tales se inicia una escuela filosófica (la milesia) y, lo que es más importante, arranca una tradición (el pensamiento racional) que fertilizó la civilización occidental, extendiéndose a continuación por todo el mundo, ofreciendo un modo de enfrentarse al mundo y la realidad completamente nuevos respecto al pasado. Con Tales principia una serie que todavía pervive entre nosotros. La humanidad iniciaba así el tránsito del mito al logos.
He aquí la idea matriz que estimula la indagación de Wilhelm Nestle: cómo y por qué se produjo en Grecia entre los siglos VII y VI antes de Cristo la extraordinaria revolución espiritual que permitió al hombre, desde ese momento, instalarse en un mundo no regido por demonios y fuerzas indomables sino en una naturaleza ordenada y ajustada a leyes. Con este gran paso, la humanidad penetra en el territorio intelectivo del conocimiento y la predicción. Ciertamente, no es ésta una preocupación intelectual exclusiva ni privativa de Nestle, por hallarse en los estudiosos de la Antigüedad sin excepción. Ocurre, sin embargo, que el estudioso alemán capitanea una corriente heurística y hermenéutica que no entiende el paso del mito al logos en términos de ruptura con lo anterior. Explica el acontecimiento como un conflicto agonal que sólo «se resolverá», casi mil años después, con otro cambio de paradigma espiritual: el advenimiento del cristianismo que sustituye, a su vez, al paganismo.
 Cercano a la perspectiva de Nestle, E. R. Dodds (Los griegos y lo irracional), interpreta que en el período clásico los «dioses se retiran, pero sus ritos siguen viviendo». Francis Cornford y Giorgio Colli, por su parte, entienden la aportación de los primeros pensadores griegos como una racionalización del mito y no tanto una nítida sustitución. Los demonios retroceden, en suma, pero el daimon continúa. En ese contexto se mueve el célebre estudio del autor germano, Historia del espíritu griego, bastante original en su momento (recuérdese que reseñamos un texto de 1944), fundamentalmente por dos motivos. Primero: Nestle no compendia la historia de la filosofía griega sino del espíritu griego. Segundo: propone una panorámica sintética del devenir espiritual de los griegos desde Homero a Luciano, con quien, a criterio del autor, culmina dicho proceso en el siglo II de nuestra Era, y no antes ni después: «Aquí se encuentra el mérito capital de Luciano: haber puesto despiadadamente de manifiesto el triste compromiso de la filosofía con la religión, compromiso del que el hombre helénico vivía desde hacía ya setecientos años, desde los tiempos de Jenófanes y Heráclito, Teáganes y los demás intérpretes alegóricos; Luciano ha expuesto y puesto en la picota ese turbio compromiso, y ha demostrado que es una solución imposible del problema religioso.» (pág. 404). Estos presupuestos de Nestle son decisivos en el contenido del libro.
Los griegos instituyen la filosofía y la ciencia (esto es, el pensamiento racional), si bien integrando en el cuerpo doctrinal resultante el saber de los mitos, los poemas homéricos, las tragedias de Eurípides y la oratoria de Isócrates, por citar sólo unas muestras del saber total griego. Para Nestle, la sophia representa una categoría teórica y práctica al mismo tiempo, incluso una técnica (techne), concepto que en Grecia adopta una significación más amplia que en el presente. Sabios son los filósofos, pero no menos los poetas y los dramaturgos, puesto que su producción nace de un mismo sentimiento: la angustia, la zozobra y el asombro derivados de la contemplación de los fenómenos naturales, así como de los mismos actos de los hombres, que en principio parecen no tener explicación. A esta afección del espíritu los griegos la denominaron thauma.
Con el advenimiento del logos, los hombres comienzan a dominar los fenómenos (ya no ser dominados por ellos), acudiendo para ello al conocimiento de las causas que los producen. Con todo, la angustia no desaparece, ni de pronto ni en su completud. Y acaso jamás consiga domarse plenamente. Según E. R. Dodds, si el cristianismo creció vertiginosamente durante los siglos III y IV de nuestra Era, hasta el punto de desplazar del horizonte espiritual occidental al espíritu griego, ello fue debido a que en aquellos tiempos, el Imperio empezó a vivir lo que denomina (en un expresión que hizo fortuna) «una época de angustia» (Pagan and Christian in an Age of Anxiety).
Nestle compendia sabiamente el propósito y enfoque de su investigación partiendo de una profunda reflexión de Goethe: «La mayor felicidad del hombre de pensamiento es haber estudiado lo estudiable y venerar serenamente lo que no puede someterse a investigación.» Ser consciente de esta distinción aproxima al hombre a la sabiduría; lograr armonizarla, garantiza su consecución. Pues bien, los griegos han sido el pueblo que protagonizó la consumación de este esfuerzo como ningún otro en la historia.
«Los griegos son, como queda dicho, un caso típico de ese desarrollo espiritual, pues ningún otro pueblo manifiesta tal equilibrio de la fantasía y el entendimiento, de la capacidad de formación plástica con la capacidad de abstracción más elevada; gracias a la feliz proporción en que poseyó esas cualidades, el pueblo helénico podía dominar todas las exageraciones y someterlas a mesura [la negrita es nuestra], librándose tanto de un intelectualismo seco y estéril cuanto de una degeneración de la fantasía en monstruosidad o de un desencadenamiento de la confusa vida sensitiva a costa de la clara percepción. Tampoco ningún otro pueblo se ha situado con tal libertad de prejuicios como el griego —a pesar de su gran conciencia de sí mismo— ante su propia tradición, sus propias creaciones e instituciones religiosas, artísticas, políticas — en una palabra, ante sus costumbres en general.» (pág. 20).
Todavía hoy seguimos asombrándonos del «milagro griego», viviendo del legado y la transmisión que nos ha dejado. Porque, en verdad, todo está en Grecia. ¿Exageración? Es muy conocida la sentencia del matemático y filósofo inglés A. N. Whitehead: «toda la historia de la filosofía no es más que un conjunto de notas a pie de página de la obra de Platón». ¿Exageración o simplemente mesura?



jueves, 5 de mayo de 2011

TERRORISMO, SIN EXCUSA NI EXCEPCIÓN


Coincidiendo en el tiempo, la amenaza —tolerada por el Tribunal Constitucional español— de un nuevo ascenso a las instituciones españolas de ETA/Batasuna/Bildu y la muerte (justa y legítima) del jefe supremo de Al-Qaeda, Osama Ben Laden en Pakistán, rescato un artículo que publiqué, con el título de «Los terrorismos favoritos», en el diario Libertad Digital, el 19 de septiembre de 2003. Mientras unos países —gobiernos, partidos políticos, con el implícito o explícito favor popular— pactan con el terrorismo, otros lo combaten. A la vista de lo cual, algunos se enfadan. Mientras otros se alegran. Aunque no por lo mismo.

Hay una actitud política aún más engañosa que la de negar el terrorismo globalizado y sus interdependencias internas. Se trata de aquella que basa la caracterización del terrorismo en función de favoritismos: terrorismo bueno/terrorismo malo, según convenga.
Sea sostenido por personas individuales o por colectivos, henos aquí ante el peculiar modo de percibir un fenómeno objetivo desde la perspectiva de las necesidades psicológicas, políticas e ideológicas de cada cual. Sí hay gente que todavía vacila a la hora de condenar el terrorismo como un todo —y como lo que es: la amenaza más grave, apremiante y letal que se cierne hoy sobre la paz y la estabilidad del orden mundial y la libertad en las sociedades libres—, ello se debe en gran medida a que mantiene la convicción según la cual, entre el magma de los grupos ejecutores, al menos uno, merece ser salvado.
Tal grupo favorecido —¡el muy… condonado!— siempre representaría un caso distinto, más complejo, necesitado de extraordinarias matizaciones y atenciones, antes de ser pasado por la crítica y la descalificación estricta. Sucede así que unos arremeten con indignación contra las acciones criminales de la ETA, tenidas por «absolutamente» inadmisibles para una conciencia democrática, a la vez que no ven nada malo en los ataques de la guerrilla de las FARC o de Sendero Luminoso. Y viceversa.
Otros, condenan sin paliativos las acciones de las Brigadas Rojas o del IRA, pero tratan con benevolencia los atentados cometidos por Al-Qaeda, Hamas, Yihad Islámica o Hezbolá, porque éstos sí los comprenden. Y viceversa.
Tampoco falta, en fin, quien reprueba el hiperterrorismo, haciéndolo además responsable inequívoco de la «guerra universal» que recorre el planeta, mientras no sólo no censura la violencia de las organizaciones terroristas chechenas, sino que incluso hace de delegado occidental de «su causa».


Podrían traerse aquí a citación y examen muchos más ejemplos del síndrome favoritista que glosamos, porque testimonios no faltan y las combinaciones y cruzamientos que podrían efectuarse entre ellos nos conducirían a operar con unos guarismos muy considerables.  Mas con lo citado ya tenemos más que suficiente.
Por lo general, las justificaciones contextualistas del terror son también de lo más variado. Se trata de variaciones sobre los mismos temas que se ven confirmadas a la hora de ponderar las «causas» del terrorismo favorito, a saber: injusticia social; desesperación del pueblo; ocupación militar; ¡hay que ponerse en su lugar!; resistencia valerosa; miseria económica; etcétera.
Los subterfugios y coartadas de la conciencia favoritista no vienen menos surtidos: solidaridad con el supuesto débil (David y Goliat); «orgullo del pobre»; altos ideales del combatiente; romanticismo reverdecido; espíritu de rebeldía reconstituido; rencor e ira auténticos; Resentimiento-VII Asamblea; sympathy for the devil; etcétera. […]
El terrorismo sin fronteras odia a muerte todo vestigio de democracia y de libertad en las sociedades. Y hoy EEUU e Israel simbolizan esos valores. Son naciones fuertes, arrogantes e… imperiosas. Hacen la guerra contra el Mal y defienden la ley y el orden. Y eso no resulta simpático para algunos. En el imaginario izquierdista, Yaser Arafat y Osama Bin Laden encarnan hoy [muerto el perro, no se acabó la rabia] la épica de resistencia y justicia, como ayer El Zorro y El Coyote. Héroes y personajes favoritos, entre otros, del público infantilizado y de los mayores sin reparos. Y sin vergüenza.

PS. Ofrezco aquí una versión, corregida y reducida, puesta al día, del texto de referencia. Puede consultarse el texto original en el siguiente enlace: «Los terrorismos favoritos». Son otros tiempos, pero los problemas parecen ser los mismos. Yaser Arafat y Osama Ben Laden ya no sirven de viva y vívida guía favorita a los fieros justicieros terroristas. Tendrán que buscarse otros zorros y otros coyotes.