miércoles, 30 de marzo de 2011

LA CHINA QUE SE NOS AVECINA




«Preparada durante medio siglo de reeducación por el materialismo histórico y por su propia “revolución cultural”, la China exangüe y no obstante innumerable ha adoptado en un abrir y cerrar de ojos, desde que Deng Xiaoping y el Partido le dieron luz verde, el materialismo capitalista, demasiado feliz de deberle, a falta de libertad, el individualismo y la oportunidad de escapar, a base de emplear los codos, a la humillación y a la pobreza. Es la gran conversión del nuevo siglo, celebrada unánimemente por nuestros hombres de negocios, nuestros intermediarios culturales, nuestros turistas, todos gordos sucesores de nuestros ascéticos y sabios misioneros jesuitas de los siglos clásicos. China ya no inquieta, se le agasaja, hijo pródigo que finalmente se ha sentado con nosotros para compartir el banquete de la globalización contemporánea. Nadie parece darse cuenta de que se trata de uno de los pueblos más siniestrados del siglo XX, amputado de todos los órganos y de la mayor parte de las reliquias de su antigua civilización, y reducido por el terror moderno del totalitarismo maoísta a una proletarización moral más radical aún que su miseria material. […]
Neófita disciplinada, China proporciona una hábil mano de obra pagada con cuatro cuartos a nuestro comercio de lujo democratizado, que revende aquí, bastante caro, sus productos de marca fabricados por nada allí. […] Ella [China] se encarga de invertir sus beneficios en bonos del Tesoro americano, convirtiéndose así, con Japón y los emiratos del golfo Pérsico, en uno de los principales acreedores de la gigantesca deuda del presupuesto federal de Estados Unidos. […]
¡Grandeza de China, hormiguero levantado por Mao! Este inmenso pueblo, reintegrado al capitalismo pero en un marco comunista integral, no es menos peligrosamente ejemplar. Si otros lo imitan, siguiendo el ejemplo de su crecimiento pero negándose a respetar los principios del derecho que aún lo moralizan en Estados Unidos y en la Unión Europea, su peso corre el riesgo de hacer triunfar globalmente el crecimiento, pero haciendo zozobrar localmente la ley y los derechos con los que  nos sentimos orgullosos de refrenarlo. […] Lenin decía de su régimen: “los sóviets más la electricidad”.

El capitalismo más la sharía no es un porvenir más prometedor que el capitalismo trasplantado al comunismo chino. Uno y otro trabajan noche y día para dominar y asediar a nuestro capitalismo de los derechos humanos, cada vez menos seguro, a pesar de 1989, de tener el privilegio y el monopolio del futuro. La “conversión” de China nos remite a una imagen de nosotros que produce en escalofrío en el espinazo.»

Marc Fumaroli, París-Nueva York- París (2010). Fragmentos.

 
Cada día que pasa escuchamos más voces que auguran, e incluso apuestan, por una próxima sustitución en el liderazgo económico mundial. Estados Unidos de América recula, mientras China avanza hasta convertirse en la primera potencia del planeta. El sueño antiamericano se haría así, finalmente, realidad. Pero, ¿somos realmente conscientes de lo significaría que en la cima del orbe ya no estuviese un país capitalista sino un imperio comunista?

viernes, 25 de marzo de 2011

«EN EL NOMBRE DE ROMA» de ADRIAN GOLDSWORTHY


Adrian Goldsworthy, En el nombre de Roma. Los hombres que forjaron el Imperio, traducción de Ignacio Hierro, Ariel, 2010, 459 páginas

La editorial Ariel ha sacado al mercado En el nombre de Roma, la nueva edición de un libro anteriormente publicado bajo otro rótulo —Grandes generales del ejército romano: campañas, estrategias y tácticas (2005)—, del que es autor Adrian Goldsworthy. En esta ocasión, se recupera el título original (la primera edición inglesa es de 2003). Queda enmendado así un lamentable hábito del mundo editorial en España, cual es alterar bruscamente el título original de obras nacidas con un nombre propio. Ahora bien, corregido el error, probablemente se haya generado una confusión: tomar como dos libros distintos aquello que remite a uno solo.
Hecha la necesaria puntualización, pasemos a reseñar este volumen de Goldsworthy, por lo demás, verdaderamente muy meritorio. El nombre del autor sí que no resultará extraño a nadie que esté interesado y mínimamente al corriente de la bibliografía consagrada a la historia de Roma.
Adrian Goldsworthy es historiador británico, nacido en 1969, especializado en el mundo antiguo, y en Roma, muy en particular. Estudió en el St. John's College de la Universidad de Oxford, donde se doctoró en 1994. Tras haber ejercido en distintos centros educativos, en el momento presente dedica su actividad a la escritura. La producción libresca del autor es amplia y muy notable. Hasta la fecha, han sido traducidos al español: La caída de Cartago: las guerras púnicas (2002), El ejército romano (2005), Grandes generales del ejército romano (2005, ya citado), César: la biografía definitiva (2007), La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente (2009). En 2010, ha sido editado en Inglaterra su último trabajo, Antonio y Cleopatra, obra todavía no vertida al español. En la actualidad, escribe una detallada biografía del emperador Augusto.
En nombre de Roma es una obra destinada a registrar y analizar las gestas militares encabezadas por algunos de los más grandes generales romanos. Basándose para ello en la información directa de sus protagonistas (escasa; Julio César y pocos más narraron sus campañas), pero, sobre todo, en los historiadores clásicos: Plutarco, Tácito, Suetonio. El texto examina con sumo pormenor los éxitos en el campo de batalla y las victorias de las legiones que extendieron el poder de Roma a gran parte del mundo conocido. A lo largo de sus páginas desfilan quince personajes principales: Fabio, Marcelo, Escisión el Africano, Emilio Paulo, Escisión Emiliano, Cayo Mario, Sartorio, Pompeyo el Grande, Julio César, Germánico, Corbulón, Tito, Trajano, Juliano y Belisario.
No oculta Goldsworthy las derrotas de los ejércitos mandados por estos paladines romanos. Ocurre que todavía hoy nos admira comprobar la gran capacidad de la acción militar de Roma, su abrumadora eficacia, basada principalmente en el férreo adiestramiento de las tropas, la cuidada motivación de oficiales y soldados, el esmerado equipamiento en armas y utensilios producto de la ingeniería asociada al arte de la guerra, el control de la intendencia y el avituallamiento de los destacamentos, etcétera.
Pero, por encima de todo, para explicar la apabullante supremacía militar de Roma es preciso atender al papel fundamental desarrollado por los generales. El hecho resulta verdaderamente extraordinario debido a que quienes comandaban las legiones romanas no habían recibido un previo adiestramiento formal que justificase el nombramiento para dirigir los ejércitos ni augurase su potencial destreza. En Roma, no existía nada parecido a las escuelas militares, tal y como las conocemos en épocas más recientes. Los generales de Roma procedían, al menos durante bastante tiempo, de la aristocracia senatorial. Eran senadores y militares, militares y políticos, una circunstancia que conllevó, por otra parte, no pocos disgustos a la continuidad del poder de Roma, al propiciar inacabables guerras civiles.
«La guerra y la política —escribe Goldsworthy— siguieron inseparablemente unidas desde el momento en que no había ningún otro servicio mayor que un líder pudiera hacerle al Estado que el de derrocar a un enemigo en guerra.» (pág. 441). La historia de Roma es, en gran medida, la historia de sus conquistas, de las guerras que emprendieron contra las poderosas naciones que podían suponer una amenaza (Cartago, Persia, Partia), así como contra las tribus locales de aquellos territorios apetecidos por el Senado o el princeps.
El pueblo de Roma —Roma en su conjunto— vibraba ante el éxito de las campañas militares de las legiones. La virtus, el poder y la gloria representaban valores esenciales para una nación orgullosa de ser la dominadora del mundo. Los generales merecían especial reconocimiento y tributo en estas hazañas, aunque no, ya lo hemos dicho, porque fuesen consumados y refinados estrategas. En aquellos tiempos, no se utilizaban apenas mapas, ni se disponía de medios rápidos de transporte y comunicación.
Pero, los generales y comandantes romanos, personalmente o a través de los centuriones y mandos medios, dirigían a sus tropas in situ. Estaban siempre en contacto con ellas, comían del rancho común, dormían sobre similar jergón que el del legionario común. En no pocas ocasiones, cabalgaban en las primeras líneas del frente, comprobando el desarrollo de la batalla o asedio a una ciudad, arengando y animando a los soldados, castigando la indisciplina y la desidia, premiando las acciones heroicas o simplemente arriesgadas. Aun practicando nuevas tácticas militares, la herencia de la épica heroica guerrera no se perdió. Goldsworthy destaca casos ejemplares de oficiales romanos enfrentándose en «combate singular», es decir, cuerpo a cuerpo, con líderes enemigos. Dos emperadores-generales, Marcelo y Juliano, fallecieron, de hecho, en el campo de batalla.
En la bibliografía moderna, los generales romanos han sido considerados, ordinariamente, como simples aficionados, cuando no meros oportunistas en busca de la gloria. Sin olvidar, el empeño de escalar puestos en la jerarquía del poder de Roma, cuando no el utilizar los éxitos militares como vehículo, a veces violento, para hacerse con la corona y la púrpura. No le falta razón a esta creencia. Pero tampoco contiene toda la verdad de los hechos. Los generales romanos no eran genios de la táctica militar, pero a base de experiencia práctica y sentido común, disciplina y respeto a códigos estrictos, coraje y valor, decisión y constancia, lograron poner al mundo a su merced durante siglos. «Roma no paga a traidores», respetar al adversario, no ensañarse en el salvajismo: principios de esta naturaleza no tenían parangón ni correspondencia entre los bárbaros.


Los generales romanos, lucharan por afán de botín, de poder o de gloria, lo hacían en nombre de Roma. A diferencia de las naciones orientales (incluso de Grecia), los comandantes romanos no pactaban con fuerzas extranjeras a fin de ganar posiciones particulares u organizar revueltas en contra el Estado. Cuando luchaban romanos contra romanos (las guerra civiles, según Goldsworthy, fueron la verdadera causa de la caída de Roma), lo hacen en nombre de Roma. Cada uno a su manera. Apelando, primero, a la República. Después, al Imperio.
El declive de las conquistas de Roma, la decadencia del arte militar romano, coincide en el tiempo con el fin del Estado: «En el siglo VI, la forma romana de llevar a cabo la guerra se había vuelto característicamente medieval, con ejércitos relativamente pequeños, un sistema disciplinario muy poco rígido y la prevalencia del saqueo y de otras operaciones a pequeña escala sobre las batallas de mayor calado.» (pág. 443).
A partir del siglo XVI y XVII, los modernos Estados volverán a poner en pie de guerra grandes fuerzas y poderosos medios. Napoleón, por ejemplo, reconoció haber aprendido mucho de las hazañas de César y sus continuadores. Goldsworthy dedica el último capítulo del libro a estas consideraciones. Pero, ésa es otra historia.

domingo, 20 de marzo de 2011

PARA QUIEN NO TIENE VERGÜENZA, TODA LA CALLE ES SUYA


Lejos de estar situado en la sabiduría contemplativa de los filósofos estoicos de la Antigüedad, e incluso de la Modernidad, no con indiferencia, ni siquiera, ay, con regocijo, sino con estupefacción, observo las desvergonzadas imposturas y capto los clamorosos silencios de aquellos que no hace unos años bramaban contra-la-Guerra-de-Irak. Todavía le queda a uno mucho que aprender en el camino de la sapiencia, la contención de las pasiones y el contento moral.
El cinismo vulgar del político siniestro, la procacidad del «intelectual orgánico» mediopensionado y el impudor del periodista canallesco no me sorprenden, bien es verdad. Ni antes ni ahora. Dominados por el pathos reactivo, saben estar a las dictaduras y a las dictablandas con gran habilidad profesional.
Tras la tardía intervención aliada en Libia, no percibo condenas ni preveo motines contra-la-guerra. No advierto más que requiebros dialécticos del género «donde dije digo, digo Diego», sin rubor alguno por parte de quienes esto profieren. No veo portadas de periódicos con niños destripados en brazos de padres descompuestos, como consecuencia de los desastres de la guerra en el mundo...
Dice el refranero español que quien tiene vergüenza, ni come ni almuerza.


No oigo hablar de guerra-ilegal-e-ilegítima, a propósito de la incursión militar contra el régimen de Gadafi en Libia. Sino todo lo contrario, y con gran descaro, dicho sea de paso. Tampoco de islamofobia tras los bombardeos. Ni llamar «criminales» a los mandatarios de la actual alianza que misiles lanza sobre suelo libio. No me ciegan los carteles fluorescentes del «No a la guerra». No escucho caceroladas «ciudadanas», ni clamar en las calles contra el imperialismo y la hipocresía de Occidente, ávidos de petróleo, ni aquello de «No más sangre por petróleo»
Nada hay, que yo sepa, de manifestaciones callejeras como las que un 15 de febrero de 2003 se convocaron contra-la-guerra-de-Irak. Por entonces, el infinito-ansia-de-paz sacó a las masas a la fresca, indignadas por la acción aliada comandada por Bush y Blair (¿y Aznar?) contra el régimen terrorista de de Sadam Hussein.  

Entonces, las acciones militares tenían lugar en Irak, a miles de kilómetros de España. Estos días, se producen en Libia, a pocas millas, al otro lado de la costa. Entonces, no habían soldados españoles destacados. Estos días, los hay en primera línea de fuego. En Irak, no había interesa económicos españoles en juego. En Libia, sí. Sin embargo, no percibo indignación contra la guerra ni preocupación por la paz.

Sé que es imposible esperar racionalidad o coherencia de la muchedumbre ni pretender turbación en la turbamulta. Pero, yo hablo de la vergüenza, del pudor y del decoro de aquellos que (de cada uno de quienes) salieron entonces a la calle armados con buenas intenciones y altos ideales... Y ahora, no. O erraban entonces, o yerran ahora. ¿En qué quedamos? ¿No salen ahora a calle por vergüenza o por agorafobia?
Ciertamente, nuestra cultura se sustenta en el mecanismo mental y el sentido moral de la culpa (que es vivencia interior), no de la vergüenza (que es sentimiento con proyección exterior), como en Japón, por ejemplo. Por eso, tal vez, tantos entre nosotros se extrañan, también en estos días, del comportamiento «ejemplar» de un pueblo sacudido por un terremoto de una intensidad desconocida hasta la fecha, zarandeado por un posterior maremoto y expectante, en fin, por los efectos contaminantes de la dañada central nuclear de Fukushima. Tras la calamidad, en las devastadas ciudades japonesas no han asaltado las sedes del partido de la oposición ni sus habitantes han gritado «asesinos» a los miembros del Gobierno de turno, o «Nunca mais» o «No pasarán». Extraño pueblo… Tan vergonzoso...
Dice, asimismo, el refranero español que para quien no tiene vergüenza, toda la calle es suya. Vale. Pero, hoy, el español para la ciudadanía, por no tener, no tiene ni vergüenza torera. El actual Gobierno socialista la ha prohibido. Y tampoco nadie ha salido a la calle a protestar.

martes, 15 de marzo de 2011

'USOS DEL PESIMISMO' de ROGER SCRUTON




Roger Scruton, Usos del pesimismo. El peligro de la falsa esperanza, traducción Gonzalo Torné de la Guardia, Ariel, Barcelona, 2010, 217 páginas

 Usos del pesimismo de Roger Scruton es un brillante libro acerca de las virtudes del pesimismo, actitud vital, antropológica y moral, del ser humano que debe enfrentarse a sus principales adversarios: el optimismo sin escrúpulos y la falsa esperanza. Estamos, por tanto, ante un clásico ensayo filosófico. Aunque en sus páginas encontramos mucho más. El reciente trabajo de Scruton ofrece una disección —casi podríamos decir, una autopsia— de la civilización occidental, infectada en todos los órdenes por los nefastos efectos que ambas fuerzas están teniendo sobre la libertad en la sociedad civil.
Profundos  errores del entendimiento y la moral de los hombres, y aparentando lo que no son, optimismo y esperanza gozan entre la población de gran consideración y estimación. Siendo tenidos además como hábitos de conducta muy inocentes y saludables, de los que cabe hasta presumir en público. Sucede, con todo, como señala el autor, que «los errores más obvios son los más difíciles de rectificar.»
Roger Scruton (1944) es escritor y filósofo británico. Graduado por la Universidad  de Cambridge (1965), ha sido profesor de Estética en el Birkbeck Collage de Londres hasta principios de los años 90. Desde ese momento, se ocupa de tareas en régimen de free-lance, alternando actividades en calidad de profesor visitante en la Universidad de Oxford, en la Universidad de St. Andrews  y en el American Enterprise Institute en Washington DC. Reside con su familia en una granja en Binkworth, Wilsthire (Reino Unido).
Autor de una obra muy considerable, ha escrito más de una docena de ensayos y textos académicos, varias novelas y dos óperas, además de incontables artículos en revistas y periódicos. Podemos destacar en esa vasta producción los siguientes títulos: Art and Imagination (1974); The Meaning of Conservatism (1980); Animal Rights and Wrongs (1996), England: An Elegy (2000) y A Political Philosophy: Arguments For Conservatism (2006). El lector en español tiene a su disposición un número muy reducido de sus libros: Historia de la filosofía moderna: de Descartes a Wittgenstein (1998) y Filosofía moderna: una introducción sinóptica (2003). A éstos ha venido a unirse este último título: Usos del pesimismo (2010).

Nos las tenemos que ver con dos lobos conceptuales con piel de cordero. A juicio de Scruton, he aquí una de las causas que explica el auge y el prestigio social de las mencionadas ilusiones: el optimismo sin escrúpulo y la esperanza vana son asumidos y preconizados como virtudes porque se revisten de una falsa condición. La otra causa reside en la facilidad y comodidad de su empleo, reproducción y publicidad. ¿Qué cuesta ser optimista? Nada. ¿Quién duda de que «la esperanza es lo último que se pierde»? Nadie. Excepto los pesimistas y los escépticos, los agoreros y los desesperanzados (los desesperados), incorregibles individuos, repudiados por doquier y desde, prácticamente, todos los prismas morales e ideológicos.
Los gobiernos, la escuela y los medios de comunicación animan a la gente a que sea «positiva», a que «mire hacia adelante», a que tenga confianza… No importa en qué ni en quién. Lo que vale y cuenta en el observatorio regulador del bienestar de la muchedumbre es no ser negativos, ni amargados, ni crispados, ni aguafiestas. Bastantes cornadas nos da la vida para, encima, verlo todo de color negro…
El gran problema del optimismo sin escrúpulos y de la falsa esperanza es, en primer lugar, de orden teórico, por lo que comportan de espejismo y ofuscación frente a la realidad: «Hay un tipo de adicción a lo irreal que alimenta las formas más destructivas del optimismo: un deseo de suprimir la realidad como premisa de la que debe partir la práctica racional, para reemplazarla con un sistema de ilusiones complacientes.» (pp. 29 y 30)
El otro gran déficit, el segundo gran peligro que conllevan estas tramposas creencias, es de naturaleza práctica y moral. Sencillamente, los militantes del optimismo no aceptan la responsabilidad. Sus acciones y sus afirmaciones desconocen el sentido del recato y la cautela: «Las personas con escrúpulos que atemperan la esperanza con una dosis de pesimismo, son aquellos que reconocen los límites, y no sólo los obstáculos.» (p. 43). Como se trata de dogmas que nada cuestan —son «gratis total»—, quienes los lanzan, ocultan la mano, si el efecto de su proyección ocasiona alguna grave consecuencia. Porque los optimistas siempre obran con buena intención.
No admiten las lecciones de la historia, ni la refutación teórica o científica. No aceptan ser discutidos y menos recriminados. Optimismo y esperanza funcionan, por tanto, como «puras» ideologías: son evidentes por sí mismas y no consienten la crítica ni la enmienda. Su soporte de transmisión es la propaganda y el aparente «sentido común», cuando, en el fondo, contienen letales falacias. Scruton las enumera y analiza concienzudamente, pasando, a continuación, a denunciar el peligro que entrañan: la falacia del mejor caso posible, del «nacidos en libertad», de la utopía, de la suma cero, de la planificación, del movimiento del espíritu, de la agregación…

No habla Scruton de abstracciones. Un discurso gubernamental centrado en que «algún día» saldremos de la crisis económica y que, entre todos, los problemas se arreglarán. Estimular la expansión crediticia y animar el endeudamiento público y privado, bajo el argumento de que los Estados no quiebran y las deudas siempre acaban pagándose. Minimizar la preocupación por el futuro aduciendo que «a largo plazo, todos estaremos muertos» (J. M. Keynes). Sostener en público que hablando se entiende la gente. Escuchar por boca de un empleado de banca que el producto de inversión, cuyo cliente le señala las pérdidas, algún día ganará. Proclamar que el sacrificio material y espiritual de una sociedad está justificado en función de la grandeza liberadora de una Idea definida por una vanguardia política. Dejar, en fin, a los niños que se eduquen por sí solos, y no bajo la tutela de un profesor o maestro, apelando a una hipotética «libertad natural» del ser humano. He aquí unos pocos ejemplos de cómo grandes palabras y conceptos vacíos pueden acabar arruinando el legado de una civilización labrado a lo largo de milenios.
Roger Scruton, lógicamente, no promete —ni puede prometer— remedios a semejantes imposturas y errores. Tampoco podría esperar el lector atento lo contrario. Sí propone, no obstante, sustituir las rutinas optimistas por los usos del pesimismo. Por ejemplo, aprender a ser más críticos, menos confiados y un poco más escépticos al afrontar nuestros propósitos vitales. Sustituir la neta confianza en los demás por la fe en uno mismo y en la propia acción. No ver obstáculos y estorbos donde, necesariamente, debe haber límites y reglas. No exigir derechos a cambio de nada, y olvidarse de los deberes.
A los optimistas sin escrúpulos y a los fanáticos de la esperanza sin fronteras Scruton los denomina «transhumanistas». ¿A quiénes señala? Sin ir más lejos, a aquellos que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Y para viajes de ese género no hacen faltan alforjas.

viernes, 11 de marzo de 2011

ESPAÑA BAJO LA SOMBRA DEL 11-M

 
Vivimos en España un tiempo de excepción desde que entre el 11 de marzo y el 14 de marzo de 2004 se nos paró el corazón, y con él, el reloj de nuestra historia como nación. Desde aquellas jornadas funestas, España todavía no ha podido recuperarse, porque ni ha habido justicia ni ha sido restablecido el orden violentamente conculcado.
Todo lo contrario: la facción política en el poder no presenta el menor indicio de rectificación y moderación; tampoco lo esperamos de ella. Los mayores esfuerzos al respecto consisten en tapar las bocas que puedan hablar demasiado; en ocultar las pruebas que puedan incriminarles; en dilatar el proceso de resolución del «caso»; en taponar todo asomo de investigación que les salpique; en intimidar, en fin, a la oposición hasta el punto de que ya no vuelva al Gobierno.


No diré a la oposición lo que debe hacer, pero sí lo que no debe hacer: olvidar el 11-M, o participar en su disolución. Mientras tanto, juzgo insensata la inclinación del Partido Popular de perseverar en un discurso político victimista y de lamentación perpetua. O de hacerse los «buenos», a fin de que les perdonen la vida… Ya me entienden, tras una calamidad o (valga la redundancia) la última iniciativa del actual Ejecutivo, la jeremiada: «¿qué pasaría si en lugar de los socialistas, estuviesen en el Gobierno los populares?». Esta lamentación delata un vergonzoso complejo, amén de un profundo miedo a la responsabilidad. Otra vez. Hay otras monsergas al uso, no menos penosas y estériles: «¿dónde están ahora los que tanto protestaban y tanto se sublevaban cuando el PP estaba en el Gobierno?». Vano lloriqueo.

España vive una situación de excepción porque, si llega el Partido Popular al Gobierno, sencillamente, no se le dejará gobernar. Volverán los tiempos del «no a la guerra», de los prestiges y los yaks-42, las huelgas generales y los asaltos a las sedes del PP, las caceroladas «ciudadanas» y la violencia «piquetera», el «nunca más» y el «hay motivo». O algo peor…
He aquí la profunda anomalía que ensombrece y ahoga la democracia española. Esta es la gran cuestión que mantiene atascada la situación política nacional: el gran atasco nacional

No es que le guste a uno volver hacia atrás y recrearse en el estancamiento y la «crispación». Resulta que estamos, necesariamente, fijados a aquellos días de marzo. Petrificados, hasta que los culpables de la felonía rindan cuentas ante la Nación (y la Justicia), hasta que se hayan hecho las correspondientes reparaciones, hasta que se hayan dado plenas garantías democráticas de que lo sucedido no volverá a ocurrir. Simplemente, no es posible seguir adelante (¿hacía dónde?), como si nada hubiese pasado.
No basta proclamar enfáticamente que hay que mirar al futuro y no al pasado, por la dramática circunstancia de que aquí ya nadie se mueve de su sitio. El poder se torna patrimonial, pero sólo desde un lado. Y si hay alguna señal de signo contrario, otra tendencia, eso es involución. Vuelven, entonces, las amenazas y el miedo

Con este chantaje y con esta coacción sobre nuestras cabezas, la democracia queda bloqueada sin más, sin poder avanzar. Con esta espada de Damocles sobre los españoles, de poco sirve que el PP prometa crear empleo y reducir el déficit público como primer reclamo para ganar las elecciones. ¿Se dejará robar de nuevo la cartera y con ella los ahorros de los españoles? ¡No es la economía, estúpido!


El presente artículo fue publicado como columna de Opinión en el diario Libertad Digital, con el título de «El gran atasco», el 30 de agosto de 2005. Ofrezco aquí una versión reducida del mismo.

lunes, 7 de marzo de 2011

«TEMPERAMENTOS FILOSÓFICOS» de PETER SLOTERDIJK


«Vieja librería» de Manolo Valdés
Peter Sloterdijk, Temperamentos filosóficos. De Platón a Foucault, traducción al alemán de Jorge Seca, Colección El Ojo del Tiempo, Siruela, Madrid, 2010, 140 páginas

A mediados de los años noventa del pasado siglo, Sloterdijk, con la colaboración de la editorial alemana Diederichs, pone en marcha un meritorio proyecto orientado a contracorriente de las modas y tendencias dominantes en los últimos tiempos. Se trataba de componer una nueva historia de la filosofía, pero recogiendo en esta ocasión, de primera mano, la palabra de los filósofos: «una criptomanía de textos de los autores más significativos.» (Prefacio).

Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) es uno de los filósofos más activos, originales e inclasificables del panorama filosófico actual en Europa. Es rector de la Escuela Superior de Información y Creación de Karlsruhe y catedrático de Filosofía de la Cultura y Teoría de Medios de Comunicación en la Academia Vienesa de Artes Pláticas. Autor de una profusa producción ensayística, buena parte de la misma ha conocido versión española. Entre los títulos más célebres podemos citar los siguientes: El Desprecio de las Masas. Ensayo sobre las Luchas Culturales de la Sociedad Moderna (2002), Crítica de la Razón Cínica (2003), Normas para el Parque Humano. Una Respuesta a la 'Carta sobre el Humanismo' de Heidegger (2003), Sobre la Mejora de la Buena Nueva. El «Quinto Evangelio» según Nietzsche. Discurso pronunciado el 25 de agosto de 2000 en Weimar en conmemoración del centenario de la muerte de Friedrich Nietzsche (2005), así como su trabajo más ambicioso: Esferas, serie editada en tres volúmenes (Burbujas, Globos y Espumas, 2003, 2004 y 2006).

De una sólida formación académica, y sin desatender en ningún momento las tareas docentes, Sloterdijk no se deja, por ello, encasillar en ninguna escuela o movimiento corporativo. Tampoco gusta de ver limitada su actividad intelectual al rutinario régimen de las aulas y los congresos de especialistas. El libro recientemente publicado en España, Temperamentos filosóficos, confirma esta vocación personal y esta vertiente pública del autor, por otra parte, ya plenamente consolidas.

El objetivo —que aspira a recuperar, en definitiva, la tradición primigenia del saber— puede resumirse en los siguientes puntos concretos:

1) Frente al dominio de la «Interpretación» de textos y los «Estudios Introductorios», extendido en la mayor parte de las Universidades del mundo, Sloterdijk y el equipo bajo su dirección proponen, sencillamente, un acercamiento directo a la filosofía —a la palabra filosófica—, limitando su intervención a tareas de presentación y selección de los autores convocados: Platón, Aristóteles, Agustín, Bruno, Descartes, Pascal, Leibniz, Kant, Fichte, Hegel, Schelling. Schopenhauer, Kierkegaard, Marx, Nietzsche, Husserl, Wittgenstein, Sartre, Foucault.

2) En palabras del propio filósofo alemán: «Mi convicción era —y lo sigue siendo— que en filosofía no puede haber ninguna introducción, sino que más bien la misma disciplina filosófica tiene que presentarse ella misma desde el inicio, primero como un modo de pensar, para continuar acto seguido como un modo de vivir.» (pág. 10). Nueva muestra de respeto a la más pura tradición de la filosofía clásica.

3) A diferencia de los movimientos —todavía— en boga que preconizan y estimulan el relativismo, el multiculturalismo y los pensamientos cruzados o mixtos, Sloterdijk sugiere una «biblioteca filosófica esencial», un selecto compendio de sabiduría del primer nivel, un canon filosófico. Ocurre, a menudo, que un bosque de hojarasca no deja ver las páginas de pensamiento más relevantes, las cuales, justamente, son las que deben ser destacadas.


La obra resultante quedó ajustada al plan previsto, con la excepción de los tomos dedicados a Heidegger y Adorno, ausentes por problemas con los derechos de edición. El volumen que ahora reseñamos contiene los prólogos escritos por Sloterdijk como presentación a la obra de los autores anteriormente citados. En estas «viñetas de pensadores reunidas», Sloterdijk, ofrece unos concisos estudios de carácter y unos retratos intelectuales verdaderamente personales. No hay aquí mera repetición de datos archiconocidos ni lugares comunes. El lector encontrará, en cambio, unos perfiles psico-filosóficos con rasgos precisos, unas pinceladas con relieve, de los maestros, trazados por la mano firme y experimentada de Sloterdijk.

He aquí el motivo de hablar de «temperamentos filosóficos». Sloterdijk, siguiendo en este punto a Fichte, es de la opinión de que la filosofía escogida por cada individuo depende, en última instancia, del tipo de persona que uno es. Y es que, según dijimos unas líneas más arriba, para Sloterdijk la filosofía y la vida son entidades imposibles de separar.

viernes, 4 de marzo de 2011

UN ZAPATERO DE OPERETA


El primer problema de España es, sin lugar a dudas, Zapatero. La salida de la recesión económica, la normalidad democrática, así como la estabilidad institucional y constitucional de la Nación, pasan irremisiblemente por el cese o dimisión del presidente del Ejecutivo socialista. Acaso también por la convocatoria inmediata de elecciones generales. A esperar, pues. Pero, ¿cuál es el problema de Zapatero? Un problema de género… O para ser más precisos: que no respeta los géneros.
Zapatero es un feminista confeso, un Robin Hood de las mujeres en toda regla, lo no impide que se sienta muy próximo al movimiento gay.  Es promotor, al mismo tiempo, de la ley de aborto «libre» —agresiva para la mujer— y la ley de «matrimonio homosexual» — constitutiva, más allá de otras consideraciones, del delito de lesa contradicción en los términos—. Nadie diría, sin embargo, que se le vea incómodo instalado en la mixtura y el totum revolutum. Sino todo lo contrario. Bajo su égida, a la violencia doméstica, la llamaron, inicialmente, «violencia de género». Pero, no contentos con el primer travestido nominal, se consumó después otro cambio: de «género» a «machista». Círculo cerrado. Caso abierto.
Personaje postmoderno y progresista a rabiar, el todavía Presidente vive al margen de las convenciones establecidas, los límites y las formalidades. Su reino no es España, ni de este mundo, pues él luce alma laicista y republicana. Además, ha sido iniciado en el situacionismo. El fruto es un cruce doctrinal de los años 30 y los años 60 del siglo pasado: he aquí la noción de Progreso de la que ZP hace gala. Creador de situaciones, por excelencia, el aún Presidente tiene bien probada la condición de maestro del Detournement. O por decirlo en la versión española más suave: es diestro en el arte de la tergiversación y la desviación
En el país de las maravillas de Zapatero, sencillamente, nada es lo que parece, porque todo vale y todo es posible en la sociedad del espectáculo (Guy Debord). Del desvío situacionista, pasa sin remedio al temible desvarío: cree, por ejemplo, que la democracia permite y legitima que una sociedad pueda ser manipulada, retorcida y acomodada según el guión y el gusto del gobernante de turno, quien actuaría así como un director de escena.
Tras la Revolución perdida, se impone ahora la tergiversación como renovado instrumento de transformación. La nación, las instituciones, las leyes, la religión y las costumbres: todo puede agitarse, vaciarse de contenido y trastornarse. ¡Y no pasa nada! Cosa de magia: todo cambia y todo sigue igual.
El drama que tiene lugar en España parece adquirir así la forma de comedia bufa, de sainete. Zapatero, negado para los papeles épicos y de género mayor, pertenece al «género chico». El personaje que representa ni siquiera resulta apropiado para la tragedia grotesca o el esperpento. Da más el tipo para un papel lírico, entre cursi y afectado. Para el género ligero, en fin. En esto, quién se lo iba a decir, continúa la más castiza tradición española, readaptando y poniendo al día piezas tan populares como «Certamen nacional», «La peseta enferma», «La revoltosa», «La chacha, Rodríguez  y su padre», «La roja de la Dolores», «La zapaterita» o «La del manojo de rosas». Un divertido espectáculo, sin género de duda. Excepto cuando de la escena pasamos a la realidad, para presenciar una tragicomedia.



La presente columna fue publicada en el diario digital Factual.es (hoy desaparecido), con el título de «Zapatero y el género chico», el 12 de marzo de 2010. Ofrezco ahora una nueva versión de la misma con algunas correcciones de estilo.