domingo, 30 de enero de 2011

«INTELLIGENSTIA» Y «APPARATCHIK » EN LA CULTURA RUSA DEL SIGLO XX



Solomon Volkov, El coro mágico. Una historia de la cultura rusa de Tolstói a Solzhenitsyn, Ariel, Barcelona, 2010, 384 páginas.

Periodista, historiador y musicólogo, Solomon Volkov nació en 1944 en Uroteppa, ciudad actualmente denominada Istarawshan, próxima a Leninabad, ahora conocida como Khujand, en Tajikistan, antigua república de la extinta URSS, hoy independiente después de pasar por una cruenta guerra civil (1992-1997). Tras emigrar en 1976 a Estados Unidos y obtener la nueva nacionalidad, Volkov fija su residencia en Nueva York, donde se dedica al periodismo y a la investigación de la cultura rusa en la Universidad de Columbia. Este sucinto resumen biográfico del autor puede darnos una primera pista de la agitada —y hasta trágica— historia política, social y cultural de la nación rusa a lo largo de la pasada centuria. Volkov es autor, entre otras obras, de Testimonio: las memorias de Dmitri Shostakóvich (1979) y St. Petersburgo: una historia cultural (1995). En 1998, se publicó en Nueva York Coro mágico, texto recién editado en España y que ahora pasamos a comentar.

«La cultura y la política siempre han ido de la mano. Incluso quienes sostienen lo contrario están haciendo política. Y uno de los ejemplos más trágicos y evidentes de esta relación lo tenemos en la cultura rusa del siglo XX. Aquí, quizás por primera vez en la historia, asistimos a un experimento brutal: la irrupción de la política en la vida cultural de un país enorme, durante un periodo de tiempo muy largo. Un proceso que continuó a través de guerras mundiales, revoluciones convulsas y el terror más implacable.
Éste es el tema de la presente obra, la primera de este tipo escrita en cualquier lengua.» (pág. 7).
Estas palabras precisas y bien medidas, que concluyen en una declaración quizás un tanto petulante, sirven de arranque para la Introducción, y, por extensión, del libro mismo que Volkov ha dedicado a historiar la cultura rusa desde Tolstói a Solzhenitsyn. El citado comienzo resume a la perfección la naturaleza y el propósito de este notable ensayo, revelándonos desde la primera página el tono prometedor de su contenido, compuesto, por lo demás, con una claridad y distinción en la escritura, desgraciadamente, no demasiado habitual.
Ya conocemos la sustantividad de la cuestión a examen: la relación entre la cultura y la política en la historia contemporánea de Rusia. No vayamos a creer, sin embargo, que la coexistencia entre la creatividad artística y literaria y el poder político ha sido siempre pacífica. De hecho, probablemente, no lo ha sido nunca. Los cortejos, coqueteos y conquistas que ambas esferas de influencia han mantenido entre sí, lejos de ser sorteados o desatendidos por ambas partes, han sido comúnmente consentidos. Hablamos de una interferencia y también de auténticos solapamientos, tradicionales en Europa. En el viejo continente, la intervención directa del Gobierno y el Estado (fundidos, por lo general y de facto, en un mismo brazo ejecutivo) sobre la sociedad civil constituye un rasgo ya típico en nuestra «cultura» o forma de ser, asumido sin apenas resistencias ni críticas por parte de la población y las élites. Este atributo genérico no es tangencial en el caso de Rusia, sino paradigmático.
Para empezar, el concepto de intelligentsia es primariamente ruso. El término intelligentsia remite necesariamente a una casta o clase social privilegiada, formada por las élites intelectuales de una nación que asumen la dirección cultural, marcando las tendencias y los gustos en la opinión pública, allí donde llega a haberla. Nos referimos a una entidad corporativa en la que intervienen el ámbito de las artes y las letras en su conjunto, pero en la que el papel de los escritores desarrolla un protagonismo primordial, puesto que su impacto sobre la propaganda es mayor que el practicado desde otros campos (en la era de la globalización y las altas tecnologías, la influencia de la imagen acaso esté ya superando al de la palabra escrita).
Por el trabajo de Volkov, circunscrito temporalmente al siglo XX, desfilan gran parte de los grandes creadores nacidos en la «madre patria» rusa. Músicos, como Rimski-Korsakov, Igor Stravinski y Sergéi Prokofiev. Cantantes como Chaliapin. Estrellas de la danza, como Anna Pavlova, Vaslav Nijinski y Rudolf Nureyev. Profesionales del teatro y el cine, como Sergéi Eisenstein, Kontantin Stanislavski, Andréi Tarkovski y Nikita Mijalkov.
Y, claro, están los escritores, sin los cuales no queda completo el «coro mágico», según expresión de la poetisa Anna Ajmátova, que pone voz a las ideas y emociones del alma rusa. Rusia siempre ha sido un país que ha otorgado gran importancia  a la palabra, señala Volkov. Por tal motivo, los escritores son las figuras principales de este libro. De Tolstói a Solzhenitsyn. ¿Por qué, precisamente, estas dos personalidades? La respuesta más sencilla, y evasiva, sería decir que por alguien hay que optar. Urge, entonces, saber el criterio de la selección: al parecer del autor, ambos escritores simbolizan, con altura de gigante, una misma tendencia que ha atravesado el corazón ruso, sin evitar llegar a sangrarlo.
Desde el zarismo a la actual autocracia rusa instalada en Moscú con maneras eslavas de democracia occidental, pasando por la revolución bolchevique, el estalinismo y la perestroika, los escritores, con algunas loables excepciones (Antón Chéjov, por ejemplo), no se han conformado con pergeñar poemas, cuentos, dramas y novelas. Su auténtico élan vital, por decirlo así, su imaginación creadora aspira a influir en la sociedad, hasta el punto de condicionar su concepción del mundo. El escritor acaba compitiendo, sin remedio, con el Gobierno en poder, proyección y prestigio. No por casualidad, Solzhenitsyn llegó a afirmar muy ufano que un gran escritor en Rusia es como un segundo gobierno. No hay aquí nada de extraordinario, sino la apoteosis de un sentimiento largamente expresado en la historia rusa: «El modelo de Solzhenitsyn era Lev Tolstói, con sus intentos de modificar la política mediante su enorme autoridad moral.» (pág. 335).

Trazar una panorámica de la historia cultural rusa a lo largo del siglo XX representa el toparse con un hecho fenomenal que, en su particularidad, determina prácticamente la totalidad del espectro: el régimen totalitario impuesto en 1917 por los bolcheviques marca más de setenta años de historia en Rusia. Volkov sintetiza en tres consecuencias fatales esta extraordinaria circunstancia: muerte, vidas arruinadas y devastación creativa. Los escritores e intelectuales no fueron un sector especialmente reprimido por el politburó comunista, pues en la URSS se masacraba toda desobediencia o desafección ideológica sin discriminación alguna. La eliminación física representaba para el artista o el escritor sólo una de las expectativas abiertas, en el supuesto de que su labor no se ajustase a los cánones dictados por las autoridades del régimen, fuera el realismo socialista o cualquier otro patrón estético para mayor gloria de las actuaciones del Partido. Las otras alternativas eran la servidumbre y la entrega a la «causa», fuese por obligación o por devoción.
La propaganda política, en la que los comunistas han sido innovadores y acreditados expertos (dentro y fuera de Rusia), necesitaba de agitadores y de creativos, procedentes, forzosamente, de las filas de la intelligentsia. No es inteligente cortar la mano que escribe los discursos oficiales y populariza la consigna. En correspondencia, la mayoría de los «trabajadores de la cultura» se dejaron tentar por el poder y la prebenda, lo que se traducía, después de todo, en mantenerse con vida o en activo un poco más tiempo que el vecino o compañero de viaje. El resto, fue silencio y exilio. La consecuencia tenebrosa de semejante política cultural totalitaria no logra superarse con facilidad. Antón Chéjov, enunció en su día con una sentencia de acero la fatalidad de la cultura (y la sociedad) rusa: «Es difícil expulsar al esclavo que llevamos dentro.» (pág. 319).
Así pues, la obediencia al líder del partido no suponía una garantía de supervivencia. El número de casos de entusiastas publicistas caídos en desgracia por efecto de cambios en la nomenklatura, en personas y tendencias en los despachos del Kremlin o por simple capricho del supremo dirigente resulta abrumador, muchos de los cuales son minuciosamente descritos en el volumen. Los duelos materiales y los pulsos dialécticos que tuvieron lugar, por ejemplo, entre Máximo Gorki y José Stalin, así como, posteriormente, los que mantuvo Alexander Solzhenitsin con Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, a fin de fijar el área del dominio a favor del magister o del minister, producen un espectáculo tan patético como demoledor para el verdadero destino de la cultura.
Recientemente, ha saltado a los medios la noticia de que el actual primer ministro de Rusia, Vladimir Putin, antiguo responsable del KGB soviético, ha firmado un acuerdo con la viuda de Solzhenitsin por el cual una versión reducida de Archipiélago Gulag pasará a ser texto de lectura obligatoria en las escuelas del país. Acaso el fatalismo consustancial al alma rusa, y que los bardos nativos han cantado con tanto realismo, esté, al fin y a la postre, más que justificado.

miércoles, 26 de enero de 2011

LA ESPAÑA DE GARZÓN, BOTÍN Y OTROS EJEMPLARES



Todo parece indicar que el «caso Garzón» va camino de seguir brillando en la cartelera de espectáculos de la actual España en quiebra, y todo a cuenta de un juez poco corriente y con un ego más grande que el Banco Santander.  Y es que Garzón es un caso...
Esta singular tragicomedia de odio y ambición color carmesí afecta, en primer lugar, a las conductas del propio magistrado-juez puestas en tela de juicio, pero, al mismo tiempo, concierne a quienes por su acción u omisión se sirven de los poderes de aquél para promover otras causas o para rematarlas, según convenga. Son los personajes secundarios de la trama, acompañados por el coro ditirámbico, como corresponde a una tragedia clásica. En el reparto brilla algún personaje público bastante conocido y poderoso. Y en la masa coral descuellan bastantes sindicalistas liberados o de actividades diversas, mucho artista de variedades sin ocupación ni estabilidad, algún ex fiscal más bermejo que un ministro socialista furtivo y los habituales en estos actos, más que nada para hacer bulto y ruido.
La puesta en escena del libreto está servida en varios actos. En una columna anterior, reseñamos el primero, a propósito del enjuiciamiento por el Tribunal Supremo de la particular guerra, ilegal e ilegítima, de Garzón contra el antiguo régimen. En el segundo acto, ambientado en Nueva York durante los años 2005 y 2006, el juez (convincente actor) hace como que imparte conferencias y estudia inglés, mientras aparecen cobros bajo sospecha. No faltan ahí los enredos y las escenas chocantes, con una funcionaria que pasa por asistente y algún familiar polizón que ha viajado de gorra. Pero, de pronto, irrumpe en escena un importante banquero y la cosa se pone más seria.
El presidente del Banco Santander, Emilio Botín (denominado en el sumario-guión «Querido Emilio»), fue llamado a declarar por el Supremo el día 12 de mayo, de momento sólo en calidad de testigo. Según el expediente en curso, el máximo directivo de la entidad bancaria autorizó la financiación de sendos ciclos de actuaciones del magistrado-juez, después de ser solicitada por éste, quien a su vez seguía cobrando la nómina de juez de la Audiencia Nacional. Cinco meses después, tras hacer las Américas y  reincorporado al Juzgado del que sigue siendo titular, llega a la mesa de Garzón una querella contra Botín, la cual acepta, pero para, a continuación, no admitirla a trámite y, en consecuencia, archivarla.
Situación tan turbia no es, sin embargo, excepcional ni extraordinaria. Según la Memoria de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) correspondiente al año 2008 (última hecha pública hasta hoy), las consultas más frecuentes realizadas por los inversores, en relación a actuaciones financieras irregulares, se referían a los «casos» de Lehman Brothers, Madoff y Banif Inmobiliario, de los que tampoco es ajeno el banco presidido por Emilio Botín. Por otra parte, la Audiencia Provincial de Barcelona ha condenado recientemente al consejero delegado del Banco Santander y ex presidente de Banesto, Alfredo Saénz) a seis meses de prisión por un delito de acusación y denuncia falsa contra clientes de la entidad con deudas. [Una reciente sentencia del Tribunal Supremo ha confirmado la sentencia anterior, aumentando incluso las penas a imponer al condenado]. Más morbo, imposible.
Aquí el verdadero «caso» es que en un país, presuntamente moderno y avanzado, un magistrado-juez y el presidente de un banco —cada uno, en su respectivo dominio, number one en poderío y proyección nacional e internacional— se ven involucrados en una misma causa judicial sobre prevaricación y cohecho. En esta tramoya, en fin, el problema está en la estrella, pero también en el reparto y en los que hacen coro.  Si, después de todo, Garzón y Botín son sólo buenos amigos que se hacen mutuos favores, eso es asunto que el Tribunal Supremo deberá decidir.
Llegados a este punto, pánico en la escena, alboroto general y zafarrancho de combate. «Haz como yo. ¡Cámbiate para ganar!», grita el trágico coro el lema de la última campaña publicitaria del Banco Santander. Y es que, dice también la letra, «sus colores hablan de su historia, de su ambición…». Tan alto y claro canta el orfeón que sus voces pugnan por ahogar o amortiguar en la sala las necesarias explicaciones de Garzón, Botín y compañía.


El presente artículo fue publicado como columna de Opinión en el diario digital Factual.es (hoy desaparecido), el 25 de abril de 2010, bajo el título de «Garzón, Botín & Cía.». Algunos acontecimientos recientes aconsejan ahora desempolvarlo y ponerlo al día.

sábado, 22 de enero de 2011

«EL DESMORONAMIENTO DE ESPAÑA»: INFORME RECARTE 2


Alberto Recarte, El desmoronamiento de España. La salida de la crisis y la política de reformas, La Esfera de los Libros, Madrid, 2010, 548 páginas.

A mediados del año 2008, comenzaba a publicarse por entregas el «Informe Recarte» en el diario Libertad Digital, firmado por Alberto Recarte. Fue tal el impacto y la repercusión del estudio económico que acabo editándose en libro bajo el título El Informe Recarte 2009. La economía española y la crisis internacional (La Esfera de los Libros). El volumen se estructuraba alrededor de tres ejes: los orígenes de la crisis internacional, la crisis económica española y un capítulo de conclusiones. El trabajo sobresalía, además del rigor de su análisis, por su apartidismo, dado que la diagnosis y las propuestas allí formuladas iban destinadas a todo el arco parlamentario español, sin excepción, y a la opinión pública, en general.
Recarte sugería acometer inmediatas y profundas reformas estructurales en España a fin de aminorar los efectos de la Crisis económica, la mayor de los últimos ochenta años, la cual avanzaba con la fuerza destructiva de un huracán. Por entonces, se celebraban elecciones generales en España. El Partido Socialista, fuerza política más votada por los votantes, que renovada así la permanencia en el Gobierno, seguía negando que hubiera crisis y que, de haberla, no afectaría a nuestro país. Mientras tanto, tachaba de «antipatriotas» a quienes hablaban de «la crisis».

«El desmoronamiento de España» —el «Informe Recarte 2»— hace balance y predicción de la situación social y económica española, un año después del estudio precedente. Comoquiera que, según el refranero, a la fuerza ahorcan, la crisis, finalmente, ha sido reconocida en las altas esferas del poder. Las reformas estructurales demandadas, sin embargo, no han sido realizadas, ni en la extensión ni con la intensidad que eran (y son) necesarias. Las medidas urgentes de ajuste tomadas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero en mayo de 2010 fueron motivadas por la intervención de instituciones y autoridades internacionales ante la perspectiva inmediata de quiebra total en España. Las medidas puestas en marcha, en cualquier caso, son parciales y no afrontan el fondo del problema. Pero ¿cuál es, en esencia, el problema en España?

 La crisis y la recesión económica internacional continúan sin ser frenadas. En el marco de la Unión Europa y la Eurozona, la situación incluso ha empeorado como consecuencia del estallido de dos crisis más: la crisis de Deuda Pública o Soberana (que ha forzado, hasta la fecha, el «rescate» de dos países: Grecia e Irlanda) y la crisis de la Unión Monetaria, ante la debilidad del euro, expuesta incluso a su desaparición como moneda comunitaria. Con todo, el «Informe Recarte 2» incide en un aspecto crucial que singulariza el caso español, sintetizado en las primeras líneas del texto: «Este libro pretendía en origen detallar las reformas estructurales necesarias para superar la crisis de la economía española. Al poco de comenzar me encontré con que los problemas políticos y constitucionales eran tan profundos que sin resolverlos, al menos parcialmente, sería muy difícil que nuestra economía volviera a crecer.» (pág. 17).

El colapso de España adquiere un tinte principalmente político e institucional, sin cuya superación, la salida de la crisis económica resulta imposible de garantizar. ¿A qué problemas se refiere Recarte? La Monarquía ha dimitido de la función moderadora en la Jefatura del Estado, concedida, por mandato constitucional, a fin de arbitrar y moderar la vida política española; la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) hace años que ha dejado de practicarse; la politización del Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial crece hasta el punto de poner en riesgo la seguridad jurídica en el país (sin la cual, la inversión doméstica y extranjera retrocede, por citar sólo una de sus consecuencias); la democracia parlamentaria, consagrada en la Constitución de 1978, adopta cada día más la forma de una partitocracia, etcétera.

Pero, de entre todos los asuntos espinosos del panorama español, uno sobresale, poniendo en grave riesgo incluso la misma continuidad de la nación, motivo principal del título (y contenido) del volumen: El desmoronamiento de España. Nos referimos a la creciente deriva del «modelo territorial» español, el Estado de las Autonomías: «En España conviven un Estado unitario reducido, un Estado federal previsto en la Constitución, pero no declarado, y un Estado confederal, incompatible con la misma.» (pág. 31).
Semejante panorama interior, no sólo impide la unidad de mercado y la movilidad laboral en la propia nación, sino que el gasto desbocado y el descontrol financiero de las diecisiete Comunidades Autónomas amenaza la pervivencia del Estado de Bienestar, materialmente imposible de asegurar, y aun del Estado mismo.

Las propuestas del «Informe Recarte 2» podemos resumirlas en dos apartados:

 Primero, de orden estrictamente económico:

«Las reformas para alcanzar un cierto equilibrio económico y presupuestario tendrán que ser muy amplias:
1.      Organización política y administrativa.
2.      Reforma del sistema tributario.
3.      Reforma del gasto público y limitaciones al Estado de Bienestar.
4.      Menor intervención del gasto público en la economía.
5.      Reforma del sistema financiero.
6.      Reforma del mercado de trabajo.
7.      Reforma del sistema de pensiones.» (pág. 125).

Segundo, de orden político. Desmarcándose de cualquier iniciativa que pudiera suponer «dar marcha atrás en el tipo de sistema territorial que tenemos», Recarte ofrece la siguiente alternativa: «La otra reforma que parece imprescindible es la de convertir a España en un Estado federal, en el que cada autonomía recaude sus tributos y tenga un conjunto de competencias conocido e inalterable.» (pág. 45).

Libro riguroso y valiente, que entra en la complejidad del análisis económico sin retóricas ni concesiones a la divulgación, pero con la gran virtud de hacer comprensible al no especializado en la ciencia económica, la naturaleza —y ante todo— la gravedad del problema en España, la salida de la crisis y la política de reformas que la harían posible.



jueves, 20 de enero de 2011

¿DÓNDE VIVIR Y CUÁNDO?



En estos tiempos acerados, ásperos y destemplados, en esta hora de España en que no pocos españoles piensan en hacer las maletas y procurarse un aire menos viciado donde vivir, trabajar, tener amigos y no renunciar al bienestar, acaso sea momento oportuno para hacerse algunas preguntas, no exentas, lo sé, de cierta melancolía. Cuestiones que dedico con especial cariño a aquellos que, por el momento, resistiendo, se quedan (resistiéndonos, nos quedamos) en nuestra patria. A pesar de todo y de tantos.
¿Cuál es el mejor sitio para vivir? ¿Existe un momento idóneo, una «happy hour», para nuestra vida? Pregunto, digo, si existen lugares e instantes mejores o peores que otros, en los que poder realizarse como ser humano y ser feliz, en la medida de lo posible. O si ocurre, más bien, que es el propio individuo, a fin de cuentas, quien debe hacerse cargo plenamente de la situación, de su circunstancia. Y me respondo: es uno mismo quien tiene que buscarse un puesto en el mundo y encontrar el tiempo preciso en los que realizar el propio proyecto vital.
No existen espacios ni tiempos ideales, perfectos, insuperables. Por supuesto, que precisamos de un lugar adaptado a nuestra condición natural (necesitamos, por ejemplo, oxígeno para respirar), pero esta condición, siendo natural, no es suficiente para la vida humana. La naturaleza pone el medio, nosotros… echamos el resto.
Y lo filósofos, ¿qué tienen que decir al respecto? Repasemos unas pocas sentencias memorables:
«Toda tierra es habitable para el hombre sabio, porque el mundo entero es patria del alma buena.» (Demócrito).
Marco Aurelio enseña que «allí donde es posible vivir; es posible vivir bien.» (Meditaciones).
«Y no considero sitio malo —añade Francis Bacon— sólo donde el aire es malsano, sino también donde el aire es insuficiente.» (Ensayos).
Baruch de Spinoza, puntualiza, por su parte, que en cualquier ciudad que el hombre viva puede ser libre. (Tratado Teológico-Político). A pesar de las circunstancias. O acaso sea mejor decir: precisamente por las circunstancias.
Dice Leibniz, en fin, partiendo del optimismo metafísico que le caracteriza, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. ¡Y luego algunos presumen de optimismo antropológico!
¿Quién tiene razón? Lo importante en filosofía no es tener razón, sino tener razones, y darlas a los demás. Busque cada uno su respuesta. He aquí una forma magnífica de ejercer la libertad. Esa actitud importa más que el dónde y el cuándo.

domingo, 16 de enero de 2011

'ADRIANO' de ANTHONY BIRLEY




Anthony Birley, Adriano. La biografía de un emperador que cambió el curso de la historia, traducción de José Luis Gil Arista, Gredos, Madrid, 2010, 479 páginas

Publicada en primera versión inglesa en 1997, la traducción española de la biografía sobre Adriano, firmada por Anthony Birley, conoció una primera edición en la editorial Península en 2003. Ahora Gredos acaba de sacar al mercado una nueva edición de dicha obra bajo el título de Adriano y el innecesario y fútil subtítulo de La biografía de un emperador que cambió el curso de la historia. La edición, completísima, incluye siete mapas y 37 ilustraciones en blanco y negro, además de 8 páginas de Bibliografía y cincuenta de Notas. Anthony Birley ha sido profesor de Historia Antigua en la Universidad de Manchester entre 1974 y 1990, y en la Universidad Heinrich Heine de Dusseldorf entre 1990 y 2002, fecha de su jubilación como docente. Experto estudioso de la Britania romana, a la que ha dedicado varios trabajos, es, sin embargo, su faceta de biógrafo la que le ha granjeado mayor atención entre el público y la crítica. De hecho, además del volumen que ahora traemos a comentario, en España sólo son conocidas en traducción al castellano sus otras dos biografías sobre emperadores romanos: Marco Aurelio y Septimio Severo.

Si me he decidido a calificar de fútil el subtítulo en español de la biografía sobre Adriano, no me resisto, asimismo, a considerar como ambiguo el subtítulo de la edición original The Restless Emperor. En inglés «restless» significa, ciertamente, «andariego», pero su primera traducción sería más bien «inquieto» o «desasosegado». La primera cualidad le cuadra al emperador nacido en Roma pero con raíces en Hispania, pues, en efecto, su reinado (117-138) al frente del imperio romano ha sido distinguido con razón por su condición errante y viajera a lo largo y ancho de los confines de la magna Roma: «Adriano pasó nada menos que la mitad de su reinado de veintiún años lejos de Roma e Italia, viajando por casi todas las provincias de su extendido imperio» (pág. 15). Ahora bien, si su carácter psicológico, su personalidad, fue propia de un individuo inquieto y desasosegado, o no, es pormenor (aunque no cuestión menor) que tras la lectura del trabajo de Birley sería imposible de inferir.

He aquí la primera carencia que cabría señalar en esta, por lo demás, erudita, académica y muy documentada crónica de las andanzas y hechos memorables de Publio Elio Adriano, emperador romano. Según mi parecer, de una biografía esperamos algo más que una exposición de idas y venidas del personaje biografiado, un prolijo inventario de las personas con las que se relacionó o un registro minucioso de las fuentes que nos hablan de sus principales hazañas. Y el caso es que el Adriano de Birley aporta, ciertamente, al lector multitud de datos e informaciones sobre la obra del emperador, pero acerca de su vida acabamos sabiendo bastante poco

Se ha dicho, sin exageración, que la existencia personal de los emperadores pertenecientes a la Dinastía Antonina fue, con sus diferencias y grados, bastante anodina, comparado con otros sumos dignatarios romanos. De Trajano puede haber motivos y fundamentos sobrados para rastrear sus pasos, pero, ciertamente, Adriano, Antonino Pío y el gran Marco Aurelio, aun atendiendo a tu proyección pública, vivieron con sorprendente discreción. Después del autor de las Meditaciones, Cómodo y Pertinax ocuparon el trono imperial de Roma, iniciándose, ya sin remedio, la decadencia del Imperio romano. Y éstos sí que dieron que hablar.

Dejando aparte los rasgos representativos de cada escuela de biógrafos («marca» Stefan Zweig, Emil Ludwig, André Maurois, Marcelino Menéndez Pelayo, etcétera), no podría demostrar con plena seguridad las razones del seco estilo y la fría mirada de Birley —esto es, su particular elección metodológica y su perspectiva como biógrafo—, pero me aventuro a señalas dos circunstancias determinantes al respecto.

Primera: el padre del autor, Eric Birley, fue un célebre arqueólogo; él mismo, junto a sus hermanos ha participado personalmente en múltiples excavaciones. En todo momento, demuestra un gran dominio del estudio de las fuentes en numismática y restos arqueológicos, también en prosopografía, pero más en sentido histórico que literario. Y si no me equivoco, la biografía pertenece tanto al género histórico como al literario. Incluso cuando bucea en las fuentes bibliográficas, la mirada de Birley es más la de un «arqueólogo de los libros» que la de un analista de textos: extrae y etiqueta datos con gran precisión, pero evidencia una cierta flema a la hora de su interpretación. La biografía de Adriano en manos de Birley sería, algo así, como una Vita Hadriani de la Historia Augusta o un capítulo de la Historia de Roma de Dion Casio en versión extendida, con muchísima más información que en su tiempo y con los testimonios y medios que proporciona la perspectiva del presente. Algo así como un informe pericial, para decirlo más claro.

Segunda: consciente de que el personaje histórico de Adriano es popularmente conocido por la celebérrima novela de Marguerite Yourcenar, Las memorias de Adriano, todo apunta a que Birley ha compuesto el trabajo biográfico dejando claro su distanciamiento con el (por otra parte) sobrevalorado relato de la autora francesa. Para cualquier duda sobre lo que señalo, sépase que las prevenciones quedan marcadas en la misma primera página del volumen. Una «biografía científica» sobre un personaje no puede equipararse a una narración de su vida. Pero ello no significa que ambas experiencias textuales tengan que enfrentarse o acabar siendo lo contrario. Sin vida que contar no hay biografía que cuente.

De Adriano sabemos ahora lo que ya sabíamos, aunque con más datos y detalles. Pero tampoco mucho más. Tras la muerte de Trajano, Adriano inicia una etapa del Imperio romano dedicada a consolidar las conquistas logradas más que a ampliarlas. A tal fin manda construir el muro (de Adriano) en Britania, la luenga empalizada a lo largo del limes en Germania y la barrera paralela a la costa de África. Es momento de marcar el territorio y poner límites. Afronta singulares batallas por motivos defensivos (la guerra contra Partia) y más de tipo simbólico o religioso que militar (el cruento enfrentamiento contra los hijos de Judea, a quienes intentó helenizar). La influencia que ejerció en la renovación de tácticas militares y en relación con la administración del Estado ha sido exagerada.

A lo largo de sus muchos viajes de inspección por el Imperio, sí mostró una gran disposición a fundar ciudades y a promover en ellas mejoras en servicios, instalaciones y edificios públicos. Fue gran aficionado a la arquitectura, el urbanismo y la ingeniería, hasta el punto de interferir en la labor directa de los técnicos, lo que provocó disputas con ellos: Apolodoro de Damasco, arquitecto del puente de Trajano sobre el Danubio y de muchas construcciones en Roma durante el mandato del mentor de Adriano, cayó en desgracia siendo ya un anciano, y, según algunas versiones, vio adelantada la fecha de su muerte por orden de Adriano.

Como dirigente político, quiso ser un nuevo Augusto. Por temperamento y carácter, fue comparado por Tácito con Tiberio; por ejemplo, por el panhelenismo. Esta inclinación animó a Adriano a frecuentar Atenas y el Hélade (donde fue denominado Hadrianos Sebastos Olympios), a ser sugestionado por los ritos iniciativos y mistéricos, a buscar coloquios e interlocutores filosóficos (breve encuentro con Epicteto y estrecha relación con su discípulo Arriano), a dejarse barba y, en fin, a preferir en la intimidad la compañía masculina a la femenina. Pero de todo ello sabemos poco en el libro de Birley y, desde luego, no despeja dudas sobre la personalidad del emperador.

Su presumido estoicismo apenas queda reflejado en la biografía. Los conflictos de competencia y las luchas por el poder, las intrigas en la corte imperial, sólo insinuados. ¡Y sin estos mimbres  no hay cesto ni historia de Roma! La trascendental relación sentimental con el joven Antínoo, a quien llegó a divinizar, queda, cómo no, reseñada, pero sin mayores explicaciones. Ni siquiera entra el libro a investigar su muerte en el Nilo; tampoco se decanta por ninguna de las explicaciones conocidas del caso. A la Villa Adriana, reflejo material del alma del emperador, le dedica no más de diez líneas. Lo dicho: Birley es más un arqueólogo de la biografía que un biógrafo en sentido estricto.

¿Quién fue, en realidad, Adriano? A consignar el ser y el estar del Adriano hombre, filósofo, político, Birley dedica el Epílogo del libro (ocho paginas). El título del mismo remite al primer verso del poemita que, según la Historia Augusta, escribió Adriano antes de morir:


Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos...

[Almita inquieta y melosa,
Huésped y compañera del cuerpo,
¿A dónde vas? A un lugarcillo
Lívido, gélido, lóbrego,
Y ya no retozarás como acostumbrabas.]

Acaso como ocurre con la famosa clave del Rosebud de Charles Foster Kane, magistralmente narrado por Orson Welles en el filme Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), el sentido y la explicación de toda una vida (sea de un personaje principal o corriente) quedan reducidos a un simple nombre. O aun sencillo poema. Pero, esa historia queda todavía por contar.

martes, 11 de enero de 2011

¿POR QUÉ LA SOCIEDAD ESPAÑOLA NO SE REBELA CONTRA LAS POLÍTICAS SOCIALISTAS?



Se dice del miedo que es un sentimiento libre, como queriendo indicar con ello que se trata de algo muy repartido en el mundo y muy humano. Sin embargo, esa declaración encubre a menudo cobardes subterfugios y miedo a la libertad.
He aquí un problema muy serio que interesa tanto a la ética como a la política, sin olvidar la biología, la antropología y la sociología. Y es que el miedo cumple, en animales y hombres, una principal función adaptativa, que posibilita la acomodación al medio. En el caso del hombre, conlleva al mismo tiempo múltiples conductas que aspiran a solaparla y disfrazarla con actuaciones rituales de todo tipo, como avergonzándose de padecerla.
En cualquier caso, la manifestación del miedo daría cuenta de su naturalidad, mas no de su valor. Lo humano no se mide por lo que de él emana, supura o evacua de modo más o menos reflejo, sino por aquello que lo mejora y vigoriza. Por ejemplo, la firme disposición a vencer el miedo, a conservarse buenos y libres, y a no dejarse esclavizar. Por esta razón, afirma Spinoza, el hombre libre evita los peligros con la misma virtud de ánimo con que intenta superarlos. […]
A menudo, el miedo es una emoción que, lejos de ser disculpada, adquiere un tinte miserable, merecedora, entonces, de ser desautorizada.

Desde un punto de vista moral, el miedo denota la condición menos cuidada del hombre, que limita violentamente la libertad. Un sujeto que se deja vencer por el pánico es presa fácil de la intimidación. Tiende a convertirse en un tipo pasivo y predispuesto al espanto, que es la antesala de la espantada como forma de vida, de la huida como ética para fugitivos. Un individuo invadido por el miedo corre el riesgo de hacer de su debilidad un instrumento miserable, a poco que se descuide.
Los primeros síntomas de esta anomalía moral aparecen en forma de coartadas y escapatorias varias, que no superan en ningún momento el estatuto del autoengaño. Se empieza por asignar nombres bastardos al crudo pavor para hacerlo pasar así por especies más nobles: respeto, precaución, prudencia. Y se acaba volcando la angustia sobre los demás, igual que en un conjuro, con la esperanza de disminuir uno mismo la aflicción. Todo ello al precio de propiciar el pánico colectivo o «alarma social», espesuras en las que materialmente perderse. En ese momento, asoma el señalamiento, la denuncia, la elección de chivos expiatorios, para que carguen otros con la furia de los bárbaros, mientras uno queda a salvo. O, al menos, eso quiere creer. De eso quiere convencerse
Este expediente expeditivo —contener la amenaza del miedo, procurar calmarlo desviándolo hacia otros, hacia fuera, hacia los de fuera— ya lo percibió Sigmund Freud, relacionándolo justamente con la norma de conducta del tribalismo y los postulados ideológicos del nacionalismo. Buscando asegurar la cohesión de la pequeña comunidad, siempre abrumada por la carga de la violencia y la angustia, los sujetos conciben el plan de expulsarlas del propio interior y reconducirlas hacia otras personas u otros grupos. En estos casos, el miedo retrocede por medio de la transferencia. […]
Resulta bastante fácil extender los sentimientos de miedo y desmoralización entre la población. Desde el poder, basta con comprender el mecanismo del terror y ponerlo en marcha, reprimiendo, al tiempo y sin contemplaciones, los incipientes movimientos de rebelión y desactivación del miedo. Para el afectado por el virus del miedo miserable, basta con desanimar a los demás para que actúen o directamente denunciarlos, y cubrirse uno. Pero ¡basta ya!
El miedo miserable, temiendo ser descubierto y puesto de evidencia, exterioriza su más enérgica indignación cuando es señalado con el dedo, mostrando en ese momento una firmeza contra el virtuoso denunciante no exhibida nunca antes contra los forajidos. Busca refugio, entonces, en la identidad, el género o el orgullo, en el empleo (público) y los asuntos propios (privados), en sus fueros y sus estatutos. A lo más que llega es a proponer pactos y diálogo con el rufián, o a practicar la equidistancia.
¿Por qué la sociedad española no se rebela contra las políticas socialistas, como lo hacía, al menos, cuando gobernaban los otros?


El presente texto es una versión corregida y abreviada de mi artículo, «El miedo miserable», publicado el 22 de agosto de 2003 en la sección «La política, a pesar de todo», que por esas fechas mantenía en el diario Libertad Digital

viernes, 7 de enero de 2011

«MAESTROS ANTIGUOS» de THOMAS BERNHARD


Thomas Bernhard, Maestros Antiguos, traducción de Miguel Saénz, Alianza Madrid, 2008 (primera reimpresión), 199 páginas.

Aunque nacido el año 1931 en la ciudad holandesa de Heerlen, Thomas Bernhard es un escritor vinculado casi con fijación genética a Austria, donde transcurre gran parte de su vida (además de Alemania), y donde fallece en 1989. Novelista, dramaturgo, poeta y cuentista, Bernhard es, en realidad, el principal personaje de toda la obra que dejó escrita. De hecho, su propia biografía comporta caracteres literarios: existen dudas sobre la fecha del nacimiento, fue hijo ilegítimo y con una constitución débil y enfermiza, lo que no justifica de por sí, aunque tampoco frena, la pasión (casi pulsión) siempre profesada por las ideas de locura y muerte.
Autor prolífico —no exageraríamos si lo calificamos asimismo de compulsivo— firma alrededor de dos decenas de novelas. Algunas de las más conocidas son: Helada (1964); Trastorno (1967); La calera (1970); El malogrado (1983); además de su saga autobiográfica: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño (1975-1982).
Sintió una intensa inclinación por el teatro, género literario al que dedica diecisiete obras. Citamos algunas de ellas: El ignorante y el demente (1972), La partida de caza (1974), La fuerza de la costumbre (1974) y El reformador del mundo (1979). El estilo dramático que practica se conoce con el nombre de Theater der neuen Subjektivität (Teatro de la nueva subjetividad), movimiento artístico dentro del que también se mueve el novelista y dramaturgo austriaco Peter Handke.
En la novela o en el drama, Bernhard practica una literatura marcada por un mismo sello: la huida de la soledad y la muerte, que, sin embargo, atrapan a los personajes, hasta el punto de atraerlos sin remedio, una y otra vez, hacia ellas, con la fuerza de la desesperación, con la letanía del eterno retorno. Narraciones u obras teatrales, los textos de Bernhard se estructuran en forma de largos monólogos, en los que el autor coge un tema, lo retuerce, para volver a él pocas líneas después. La monotonía, la repetición y la costumbre son pretendidas. Bernhard intenta crear de este modo en el lector una sensación de desasosiego, de obsesivo viaje hacia la nada, una comprobación física y metafísica del absurdo y el sinsentido de la vida.
Maestros Antiguos, escrita en 1985, no se aparta un milímetro del modelo bernhardiano. Hasta el punto de que del autor austriaco podría decirse que siempre está escribiendo la misma historia. No pregunte, entonces, el lector por el argumento de la misma. En Bernhard, la trama es meramente un pretexto para escribir y decir, decir y escribir, sobre todo y sobre nada.
En esta ocasión, el personaje de la narración responde al nombre de Reger. Musicólogo de fama mundial, escribe críticas para el Times. Pero Reger se rinde, en realidad, a un solo oficio, ante un solo ídolo: la rutina, esto es, la costumbre. En días alternos, menos los lunes, visita el Kunsthistorische Museum de Viena, atraído como un imán por el cuadro El hombre de la barba blanca de Tintoretto. Por las tardes, acude al Ambassador. Siempre la misma historia, el mismo recorrido, la misma existencia, repetitiva, reiterativa.
«Tengo que venir a ver a los Maestros Antiguos para poder seguir existiendo, precisamente a estos, así llamados, Maestros Antiguos, que al fin y al cabo aborrezco desde hace ya mucho tiempo y desde hace ya decenios, porque en el fondo nada aborrezco más que estos llamados Maestros Antiguos, llámense como se llamen, hayan pintado como quieran, dijo Reger, y sin embargo, son ellos los que me mantienen vivo.» (pág. 135).
Con una escritura compuesta con frases largas, que parecen no tener fin, ni principio, igual que la literatura o la conciencia desdichada, Bernhard hila el discurso como si se tratase de una tela de araña. El resultado concita entusiasmo o indiferencia —pero no ambas sensaciones al mismo tiempo— en el lector, quien debe saber dónde se mete cuando penetra en el laberinto bernhardiano. Sea como fuere, si decide, finalmente, adentrarse en esta novela, en sus novelas, tómeselo con sentido del humor. Bernhard es el primero en hacerlo, aunque no lo parezca. El subtítulo de Maestros Antiguos, libro de desesperanza, desilusión y amargura, reza así: «Comedia».

domingo, 2 de enero de 2011

ZAPATERO SOSTENIBLE

[No, ZP, no se despide. Ni lo despiden...]
Veo y oigo opiniones por doquier, pretendidamente audaces para los tiempos que corren, sobre lo difícil que lo tiene últimamente el Gabinete del doctor Zapatero y las zozobras por las que está pasando. Bastantes todavía se preguntan hasta dónde piensa llegar el matasanos para sentirse completamente satisfecho, como si se tratase de uno más de esos «señoritos satisfechos» de los que hablaba Ortega en La rebelión de las masas. Actuando de este modo no se enfrentan, sin embargo, seriamente con la cuestión, que no es otra que ésta: cómo es posible que ZP y su compañía de varietés sigan todavía en el Poder con lo puesto y en boga. Esto es lo auténticamente pasmoso. Y que aún salgan en las portadas de las revistas de moda.
¿Qué sostiene al actual Ejecutivo, a pesar de todo? Ya sabemos cómo llegó a lo que llegó y adonde llegó, pero, ¿qué lo mantiene todavía dando guerra? A mi parecer, gran parte de la responsabilidad de esta situación la tiene el hecho de que la mayoría de españoles siga sin tomarse en serio al personaje principal de nuestra tragicomedia nacional. Las rimas y leyendas que de él se cuentan siguen gozando de buena salud, mientras la nación expira. Selecciono tres de entre los múltiples cuentos que realzan su papel, supuestamente salido de una película de Walt Disney: primero, el gran argumento que suele conocerse con el nombre de «buenismo»; segundo, la acusación, pretendidamente ofensiva, de que es un «indocumentado» que no sabe lo que quiere ni lo que hace, y encima, sin tener capacidad de liderazgo, ¡como si se tal cosa se echara de menos!; y, finalmente, la contumacia en señalar las malas compañías que le llevan a mal traer y por el camino de la amargura, ¡como si ello diese pena y fuese motivo de lamento!
Tengo para mí que cada vez que se saca a colación alguna de estas especies de considerandos (en realidad, pamplinas), los pulsómetros del ser y no ser de ZP empiezan a registrar una apreciable subida demoscópica, así como de las palpitaciones que ponen su presión sanguínea todavía más alterada. Minusvalorar o menospreciar la capacidad del adversario (sobre todo, cuando gusta de exhibirse como enemigo con traza de amigo) ha sido siempre una mala estrategia, con resultados demoledores para quien así se lo toma. Lo que nos está pasando en España, no obstante, es evidente: los actuales equipos dirigentes en las más altas instituciones del país saben perfectamente lo que quieren y hacen.
Ni improvisan ni están majaras. Su «hoja de ruta» está perfectamente planificada, por algo son paladines en todo género de planificación, desde la económica a la ideológica. Y por eso mismo resulta inapropiado y fútil rogarles que reflexionen, o, aún peor, excusarles porque no saben lo que hacen… Otra cuestión es que a algunas almas candorosas este panorama siniestro les intranquilice o escandalice, y no acaben de creérselo. Pero, los actos que cometen ZP y compañía responden a su naturaleza. Sólo falta aclarar si corresponde a la de la rana o a la del escorpión de la fábula, o sea, quién es quién.
Y falta, por último, considerar la tercera tesis que mencionaba antes: el reparto de responsabilidades entre el presidente y la compañía. Pues bien, considero un grave error político, demasiado repetido, el cargar los excesos del actual Ejecutivo a cuenta de las deudas y los compromisos que tiene que pagar el guía a sus clientes, clientelas y compañeros de viaje, esto es, a las malas compañías. Según esto, lo malo de lo que pasa en España no estaría tanto en la cabeza como en las extremidades; no en el cabecilla botarate, sino en sus socios descarriados, quienes, a diferencia de aquél, no son más que unos extremistas… El problema, como el infierno, serían, como casi siempre, los otros. Así el Uno se salva.
Estas cosas se oyen mucho en la oposición y en los medios. Mientras tanto, el redimido de todo mal, el que queda exonerado de toda culpa, se frota las manos, pletórico de satisfacción. ¡Por eso sonríe tanto y está tan optimista, no por su presumido talante! He aquí la moraleja del cuento: si el problema de España no es ZP ni el PSOE, sino, por ejemplo, ERC (de IU, ni hablar), nada más sencillo que cambiar de caballo en mitad de la carrera cuando éste se agota, para que aquél siga tan fresco, acompañado entonces de los nacionalistas «moderados», sin ir más lejos. En ésas estamos. Si el problema no es ZP ni el PSOE, sino, verbigracia, ETA, basta con que ésta ofrezca en el momento oportuno otra tregua-trampa —que «desaparezca de nuestras vidas», como gusta decir a Ibarreche y ahora también, a López— para seguir adelante. En ésas estaremos pronto. Y así sucesivamente. Porque malas compañías no faltan.


El presente artículo fue publicado como columna de Opinión del diario Libertad Digital, bajo el título de «Las malas compañías» el 20 de diciembre de 2005. En esta ocasión, releyendo el texto y a la vista de la  circunstancia actual en España, decido reproducirlo completo y sin cambiar una palabra del mismo.