jueves, 18 de mayo de 2017

W. G. SEBALD Y LA RECONSTRUCCIÓN


La fuerza de la memoria y la vivacidad de las imágenes conforman el gran poder creativo del arte y la literatura. Por decirlo así, en pocas palabras, cabría argüir que la memoria les provee de la materia con la que operan, mientras que la imaginación les proporciona la forma con la que convierten el contenido bruto en una experiencia estética, o sea, en un objeto, literalmente, conformado en términos artísticos. Sucede de esta manera un hecho prodigioso, aunque nada anormal, que modela nuestras sensaciones: el arte y la literatura logran captar la belleza que se guarda tras los hechos más dramáticos y terribles. No por mera pose, sino merced a una tremenda intuición, es por lo que escribió R. M. Rilke este famoso adagio: «Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar.»

Cuando un recuerdo se siente como demasiado doloroso o se encuentra demasiado próximo en la existencia de los individuos, a menudo ni siquiera se permite su exposición o narración. Simplemente se oculta en el fondo del alma, se eleva a la categoría de tabú o se convierte en materia reservada.

En su vívido ensayo Sobre la historia general de la destrucción (1999) *, el escritor alemán W. G. Sebald (1944-2001) lleva a cabo una penetrante investigación de naturaleza literaria que se convierte de inmediato en una implacable aproximación al interior del corazón de los alemanes que asisten al final de la II Guerra Mundial, muchos de los cuales se quedaron materialmente enmudecidos, ciegos y sordos ante la descomunal tragedia que se había cernido a su alrededor. El pueblo alemán no sólo favoreció –y aun en una gran parte participó en– el ascenso del nazismo y la perpetración de una de las mayores atrocidades jamás urdidas por la especie humana: el Holocausto judío; tampoco supo o quiso darse cuenta de lo que había ocurrido.

Cuando, a partir de 1942, las ciudades alemanas fueron sistemáticamente bombardeadas por la aviación aliada —hasta hacer de ellas una sombra oscura, como la ceniza y el abismo, de lo que fueron— da la impresión de que todos sus habitantes hubiesen desaparecido tras el paso de los fulminantes raids. Cientos de miles de civiles perecieron reventados, carbonizados y mineralizados por el efecto de las bombas explosivas e incendiarias. Otro número incontable de ellos, con las mentes rotas, conservaron el cuerpo, pero perdieron la consciencia y se extraviaron en el túnel de la demencia. La dimensión de la destrucción y el desastre acaecidos fue, en verdad, de proporciones inmensas y a toda la población germana afectó de una manera u otra. Pero, lo verdaderamente extraordinario es que, habiendo sobrevivientes, nadie viviera para contarlo.

En unas conferencias celebradas en 1997 en Zúrich, que sirven de punto de partida a este libro, Sebald se pregunta por el motivo de esta amnesia, la cual, de entrada, ya implica la directa omisión de un pasado que se quiere así borrar sin reservas. Con las casas y los edificios abatidos por los bombardeos, el alma de los alemanes también se les cayó a los pies. No se trata sólo de que la mayoría no llegase a comprender lo que había ocurrido y por qué. Es que ni siquiera se mostraron dispuestos a describirlo y relatarlo.

Los cronistas y los literatos se secaron, y sólo unos pocos, muy pocos, fueron capaces de sobreponerse a la adversidad y dar cuenta de lo que allí tuvo lugar, antes, durante y después del desastre y la destrucción. Este silencio de quienes son –o deben ser– por profesión y vocación los artífices de la palabra movía a la primera interrogación: ¿por qué tan pocos escritores alemanes se atrevieron a narrar el paisaje y las consecuencias de la batalla? Pero, había, otras, acaso demasiadas, preguntas: ¿por qué hubo tantos alemanes que quisieron pasar de largo sobre su propia historia, que necesitaron pasar página a la mayor velocidad de sí mismos y no hacerse cargo de todo lo que les había pasado? ¿Por qué para muchos todavía volver la vista atrás se experimenta como una vuelta atrás? ¿Por qué no se sienten plenamente culpables de la gran infamia cometida, pero tampoco quieren percibirse como víctimas? Cuando la tormenta pasó, se enterraron a los muertos y se buscó a los desaparecidos. A todos ellos se les quiso identificar. Pero, ¿por qué los supervivientes no quisieron ser identificados y, como antes, como cuando todo empezó, miraron para otro lado? ¿Han recobrado ya la moral de la mirada y el sentido de la perspectiva?

Ahora, entonces, en la hora de la derrota, los ojos de los vencidos apuntan a sus pies y no descubren más que los zapatos alemanes rotos. Tuvo que ir Victor Gollancz, el otoño de 1946, desde el Reino Unido hasta la zona descalzada, de Hamburgo, Dusseldorf y la cuenca del Ruhr, bajo administración inglesa, con la misión de realizar unos reportajes periodísticos, para que tengamos noticia acerca de la miseria de las condiciones de vida de los alemanes de entonces; por ejemplo, de cómo la mayoría iba medio descalza, con los zapatos quebrantados. This Misery of Boots se titula el libro que escribe al efecto, ilustrado con unas significativas imágenes de los calzados de los alemanes que ponen literalmente al descubierto sus vergüenzas.


W. G. Sebald barrunta algunas respuestas –o líneas de respuesta– que aportan algo de luz a estas interpelaciones sobre el silencio de los vencidos. Dos circunstancias, en este sentido, llaman poderosamente la atención.

Primera circunstancia: resulta muy sospechoso que los alemanes sin techo, desposeídos de sus viviendas y de su orgullo nacional, pasen con tanta celeridad de la destrucción a la reconstrucción. He aquí una de las claves de la investigación que sigue Sebald en su ensayo, y que, por lo demás, constituye el armazón del conjunto de su obra literaria, la cual brota del reconocimiento de una constatación: las cosas, cuando se construyen y reconstruyen con demasiada celeridad, apenas dejan tiempo para la creación de memoria.

Ocurre con el paisaje natural, en el que, como consecuencia del empuje de la tecnología y de la ingeniería genética, las especies nacen y mueren, pero más que reproducirse, se transforman en otras completamente nuevas y pseudomutantes, siguiendo más unas leyes de frenética experimentación que de estricta evolución. La perspectiva de ratones luminosos y de sandías cuadradas, según confiesa Sebald, le producen verdadera consternación. Pero, el efecto de esta celeridad reconstructiva en el paisaje urbano, que aspira a borrar las huellas y a cubrir con barro la senda de la experiencia, se advierte con mayor inquietud.
Sólo la Royal Aire Force arrojó un millón de bombas sobre el territorio alemán; de las 131 ciudades bombardeadas, algunas quedaron casi totalmente destruidas; unos 600.000 civiles forman la siniestra nómina de víctimas de la guerra aérea; tres millones y medio de viviendas fueron devastadas; al terminar la guerra había siete millones y medio personas sin hogar; a cada habitante de Colonia le correspondieron 31, 4 metros cúbicos de escombros, y a los de Dresde 42, 8: «pero qué significaba realmente todo ello, no lo sabemos.» (pp. 13 y 14).

Este paisaje lunar reinó a lo largo de tres años en Alemania y fue reconstruido de nuevo en apenas un lustro. Tamaña precipitación revela la voluntad de poner en orden todo aquel páramo fantasmal sin dar tiempo a recapacitar sobre sus causas. Sobre los escombros crecían de prisa la hierba y los matojos, y como éstos llevaban a las raíces, había que rebanarlos y aplanar la superficie.

Así pues, la destrucción total no parece el horroroso final de una aberración colectiva, sino, por decirlo así, el primer peldaño de una eficaz reconstrucción. (pp. 15 y 16).

Segunda circunstancia: sólo desde la lejanía se ha podido llegar a divisar y referir alguna sombra de aquel desastre que se encontraba ante sus mismas narices.
Sebald no es historiador, ni pretende trazar un relato sociológico y político de la situación, y menos todavía una evaluación moral de los hechos. Sebald es un narrador, un escritor que se vale del mejor instrumento del oficio: su capacidad para contar lo que ha sucedido y describir imágenes con las que poner de relieve el significado profundo de lo que pasa ante nuestros ojos y no se ve, o se ha visto a medias. Para ello se vale de su feraz escritura así como de testimonios prestados por otros escritores, de aquellos pocos que, como Heinrich Böll, Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendaelssohn, sí tuvieron el valor de escribir sobre la destrucción. Asimismo, se sirve de documentos gráficos, de fotografías en blanco y negro –«con un tratamiento deliberadamente low tech»– que se integran en el texto, sin aportarle color, pero sí relieve y gran fuerza expresiva. Con palabras y fotos se escribe todo un texto testimonial como éste que comentamos, vívido y sincero, negro sobre blanco.


La mano del escritor es fijada y dirigida por su particular mirada. En realidad, el escritor ve cuando los demás sólo miran o miran de soslayo. A menudo, sólo miran y ven quienes vienen de fuera.

Stig Dagerman, que en el otoño de 1946 informaba desde Alemania para la revista Expressen, escribe desde Hamburgo que viajando en tren, a velocidad normal, estuvo contemplando durante un cuarto de hora un paisaje lunar entre Haselbrook y Landwehr, y no vio un solo ser humano en aquella inmensa zona incontrolada, quizá el campo de ruinas más horrible de toda Europa. El tren, escribe Dagerman, como todos los trenes de Alemania, estaba muy lleno, pero nadie miraba afuera. Y a él lo reconocieron como extranjero porque lo hacía. (pp. 39 y 40).

Hay más imágenes representadas en el libro que valen como millones de palabras y miles de tratados. Por ejemplo, esta que sigue: «Nossack cuenta cómo, al volver a Hamburgo unos días después del ataque, vio a una mujer que en una casa, que se alzaba sola e intacta en medio del desierto de escombros: estaba limpiando las ventanas.» (p. 51)

Hay, en suma, bastantes ejemplos de imágenes pintadas con gran intensidad, que hablan por sí solas, tanto como para llenar el profundo vacío silencioso de los que callan. Para mostrar la devastación general: «Ratas y moscas dominaban la ciudad. [...], escribe Nossack» (pp. 45 y 46). Para subrayar la necesidad anormal de volver a la regularidad y la costumbre como si nada hubiera pasado: «Un observador inglés recuerda una función de ópera en la misma ciudad, inmediatamente después del armisticio.» (p. 53). Para pintar una ciudad donde los edificios han sido derribados y se extiende una fantasmal planicie: «El sol pesa sobre la ciudad, porque apenas hay sombra.» (p. 75).


W. G. Sebald, nacido en Alemania, vivió buena parte de su vida en Inglaterra, donde falleció, y aunque escribe en alemán, su acercamiento a la realidad alemana se realiza igualmente desde la distancia y desde la consciencia transterrada. A menudo, permanecer en el lugar de la tragedia fuerza el silencio de los corderos, para así no hablar de los lobos o, tal vez, porque ellos han sido lobos también. De hecho, la idea de componer un ensayo sobre la destrucción, la toma prestada de Solly Zuckerman, uno de los estrategas ingleses que participó en el plan ofensivo contra Alemania. Tras su estancia en suelo germano, hondamente impresionado por lo que allí había visto, y de vuelta a Londres, Lord Zuckerman transmite a Cyril Connolly, entonces director de la revista Horizon, su intención de escribir un reportaje que llevaría el título de «Sobre la historia natural de la reconstrucción». Transcurridos unos años, Sebald pregunta a Zuckerman acerca del proyecto. Zuckerman dice haberlo dejado en el tintero, pero que no había olvidado la experiencia que lo sostenía: todavía conservaba en su mente la imagen de la negra catedral de Colonia punteando «un desierto de piedra» y «un dedo cortado, que había encontrado en una escombrera.» (p. 41).

* Traducción española de Miguel Sáenz en Anagrama, Barcelona, 2003.

Primera parte del artículo «De la destrucción y la reconstrucción», publicado en la revista El Catoblepas, nº, 24, febrero 2004, página 7. 


ALEXIS DE TOCQUEVILLE: LIBERTAD DE PRENSA Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA


«Confieso que no profeso a la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo que se otorga a las cosas soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero por consideración a los males que impide, más que a los bienes que realiza.»[…]

»En un país donde rige ostensiblemente el dogma de la soberanía del pueblo, la censura no es solamente un peligro, sino un absurdo inmenso. […]

»Norteamérica es tal vez, en este momento, el país del mundo que encierra en su seno menos gérmenes de revolución. En Norteamérica, sin embargo, la prensa tiene los mismos gustos destructores que en Francia, y la misma violencia sin las mismas causas de cólera. En Norteamérica, como en Francia, es ese poder extraordinario, tan extrañamente mezclado de bienes y de males, que sin ella la libertad no podría vivir y que con ella apenas puede mantenerse el orden. […]

»Para recoger los bienes inestimables que asegura la libertad de prensa, es preciso saber someterse a los males inevitables que provoca. Querer obtener unos, escapándose de los otros es entregarse a una de esas ilusiones que acarician de ordinario las naciones enfermas, cuando fatigadas de la lucha y agotadas por el esfuerzo, buscan los medios de hacer coexistir a la vez, en el mismo suelo, opiniones enemigas y principios contrarios. […]

»Los Estados Unidos no tienen capital: las luces, como el poder están diseminadas en todas las partes de su vasto territorio; los rayos de la inteligencia humana, en lugar de partir de un centro común, se cruzan allí en todos sentidos; los norteamericanos no han colocado en ninguna parte la dirección general del pensamiento, como tampoco la de los negocios. […]

»En los Estados Unidos, no hay casi poblado que no tenga su periódico. Se concibe sin dificultad que entre tantos combatientes, no se puede establecer ni disciplina, ni unidad de acción: así se ve a cada uno enarbolar su propia bandera. No es que todos los periódicos políticos de la Unión se hayan alineado en pro o en contra de la administración; sino que la atacan o la defienden por cien medios diversos. Los diarios no pueden, pues, establecer en los Estados Unidos una de esas grandes corrientes de opinión que elevan o desbordan los diques más poderosos. […]

»El espíritu del periodista, en los Estados Unidos, es atacar groseramente, sin arte y sin concierto, las pasiones de aquéllos a quienes se dirige; abandonar los principios para cebarse en los hombres; seguir a éstos en su vida privada, y poner al desnudo sus debilidades y sus vicios.

  Es deplorable tal abuso del pensamiento. […]

»Resulta de esto, sobre todo, que las opiniones personales expresadas por los periodistas no son, por decirlo así, de ningún peso ante los ojos de los lectores. Lo que ellos buscan en los periódicos, es el conocimiento de los hechos. Sólo alterando o desnaturalizando esos hechos es como el periodista puede dar a su opinión alguna influencia. […]

»En los Estados Unidos, cada periódico tiene individualmente poco poder; pero la prensa periódica, es todavía, después del pueblo, la primera de las potencias. […]



Fragmentos de: Alexis de Tocqueville, Democracia en América, Segunda Parte, capítulo III, «La libertad de prensa en los Estados unidos«. Fondo de Cultura Económica, México, 1957, traducción Luis R. Cuéllar, págs. 198-205




domingo, 19 de febrero de 2017

MARIANO JOSÉ DE LARRA: MELANCOLÍA DE UN LIBERAL


Mariano José de Larra (Madrid, 1809-1837) nace en plena ocupación francesa; acompaña a su padre (militar español afrancesado) durante un breve exilio a Burdeos, tras reinstaurarse el régimen borbónico. Dedica su vocación al oficio de escribir; simpatiza con las ideas liberales de la época. Conoce el éxito profesional. Y, acaso como corolario nada sorprendente de todo ello, es objeto de odio y resentimiento por parte de un nutrido sector de las fuerzas vivas más representativas de la España del siglo XIX (¿peripecia española sólo del siglo XIX?).
Larra no constituye sólo una de las figuras más notables de la literatura española. Para gloria y desgracia propias, simboliza, al mismo tiempo, gran parte del destino de la nación española. De su grandeza y sus fracasos.
El eco trágico de la célebre sentencia de Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”), incluida en las Meditaciones del Quijote (1914), puede darnos la pista de hasta qué punto la circunstancia del ser de España y el temperamento de Larra se unieron para cargar el arma que acabó con su vida a la edad de 28 años.
¿Qué le indujo al suicidio? La melancolía, “pero de aquellas melancolías de que solo un liberal español en estas circunstancias puede formarse una idea aproximada.” (El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio). Su breve existencia entre los mortales no es óbice para que consume una obra literaria fenomenal; una producción rica en contenido, generosa en géneros literarios, distintiva de su época y, a la vez, precursora de las letras españolas que le suceden (el costumbrismo, la Generación del 98, entre otras tendencias y movimientos literarios).
Valga un botón de muestra de su temperamento literario y humano:

 Clic en la imagen para ampliarla
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Que el ladrón que malamente
mató a alguno sin clemencia,
y el que calumnia al ausente
muera en la horca por sentencia,
y el que vive de lo ajeno,
bueno.
Pero que por sólo idea
Y pensar yo así o asá
Ahorcado también me vea,
Como el otro que asesina,
Sin hacer a nadie mal,
        Eso es harina
De otro costal.
Autor de cientos de artículos periodísticos (hizo famoso el pseudónimo utilizado en este menester: Fígaro), puede ser considerado, en la práctica como el creador del género. Firma la famosa novela El doncel de don Enrique el Doliente, la obra de teatro Macías el enamorado, así como una inagotable producción de poemas, cartas y notas críticas. Digo “inagotable”, mas no “inabordable”. 
Léase la obra de Larra, sin descanso, sin excusas...



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martes, 3 de enero de 2017

EL HUMOR ENTRAMPADO SEGÚN ALAIN


«Según la lógica de la exasperación, no hay cosa mejor que rascarse. Consiste ésta en escoger el propio mal y en vengarse de uno mismo. El niño ha ensayado ese método desde el primer día. Grita para hacerse oír; se enfada por estar enfadado y se consuela diciéndose que no se va a consolar; lo que se dice “estar de morros”. Apenar a quienes se ama hasta apenarse uno mismo. Castigarles para castigarnos. Avergonzado de ser ignorante, hacer promesa de no leer nunca más. Obstinarse en la obstinación. Toser con indignación. Remover malos recuerdos; afilar la propia punzada; repetirse, con trágica destreza, aquello que nos hiere y humilla. Interpretar las cosas según el principio de que siempre sucederá lo peor. Suponer que los demás son malvados para serlo uno también. Actuar sin fe y hablar luego de fracaso: "Lo hubiese apostado; mi sabida mala suerte". Mostrar aburrimiento y encontrar aburridos a los otros. Aplicarse en ser desagradable y sorprenderse de resultar desagradable. Buscar el sueño furiosamente. Poner en duda cualquier motivo de alegría; poner a todo objeciones y mala cara. Y en tal estado, juzgarse a sí mismo. Decirse: "Soy tímido; soy torpe; pierdo la memoria; envejezco”. Ponerse feos y mirarse al espejo. He aquí el humor entrampado.»


Fragmento del ensayo «Humor» (21 diciembre 1921) en Alain, Propos sur le bonheur (1928)

domingo, 27 de noviembre de 2016

EL HOMBRE RAZONABLE Y OTROS ENSAYOS


Joaquina Pires-O’Brien, El hombre razonable y otros ensayos (Port-Vitoria, 2016)

El título del libro que tengo el gusto de reseñar en las líneas que siguen, en su aparente y genérica convencionalidad, denota una gran precisión. Según leemos en la misma portada, se trata de una colección de ensayos. Y ensayos contiene, en efecto, en su sentido más estricto. ¿Normal? Sí, mas no habitual. Se dirá caso de esta acotación que es una obviedad más. Obvio sí, mas no usual. He aquí la cuestión.

Ocurre que el pensamiento concentrado en el ensayo se caracteriza, según tradición, por reparar (en) aquellos usos erróneos y creencias ordinarias que suelen aceptarse como evidentes —y aun repetirse, una y otra vez—, sin pasar por la prueba del examen crítico y la reflexión ponderada. Sucede que la opinión común (la vox populi) da por hecho aquello que, antes de ser deglutido, necesita ser intelectualmente triturado. Nos hallamos, en fin, en un contexto dominado por el relativismo ramplón y la mixtura de géneros literarios, la intertextualidad de salón y el multiculturalismo de callejón, en el cual una narración en prosa vertida en un papel o en un archivo electrónico de textos recibe, sin más, el diploma de «ensayo», sin distinguirlo de un relato, un crónica periodística, una fábula o un cuento. O al contrario…

Rasgo identificador del ensayo es también que afronta y examina asuntos particulares (e incluso personales) y de actualidad para, a continuación, ser elevados a la categoría de universales. ¿Sobre qué trata El hombre razonable y otros ensayos? Léase los primeros párrafos del Prefacio:

«Algunos de los temas atemporales abordados son la “gran conversación”, la utopía, la educación liberal, la libertad, el totalitarismo y el contrato social, mientras que las “dos culturas”, el instinto de la masa, la guerra de las culturas, el postmodernismo, la creencia religiosa, el jihad islámico y el 9/11 son algunos de los temas contemporáneos abordados. Cuatro grandes pensadores del siglo XX fueron objeto de ensayos específicos: Friedrich Hayek, Elias Canetti, Stefan Zweig y George Orwell. El repertorio de los temas abordados ya es bien conocido en los países situados en el centro de la Civilización Occidental pero no en los países de la periferia. La presente recopilación tiene por objetivo contribuir a corregir esa distorsión.»

Atemporalidad, contemporaneidad y propósito de universalidad, empeño por corregir malentendidos y falsas creencias. ¿Puede alguien negarle corrección a la presente empresa intelectual? Y, con todo, si a alguien le quedan dudas acerca de la exploración de ideas que se propone en las páginas siguientes, sólo le invito a recorrerlas.

El hombre razonable y otros ensayos ha sido compuesto según cabal criterio y sagaz selección, como demuestra el listado de la cita previa. Un acierto acreditado en la misma elección del ensayo que lo titula, encabeza y sirve de guía al mismo. El hombre se ve abocado a aventurarse en una selva oscura y tenebrosa en el momento en que desaprovecha o desatiende la llamada civilizadora de la razonabilidad, el principio de actuar como un ser racional y justo, prudente e íntegro, sensato y honesto. He aquí un horizonte de conducta nada extraordinario, excepcional o superlativo; de lo contrario, no hablaríamos de un ser y un quehacer razonables. Sus rasgos son factibles y depende tan sólo de la voluntad y el coraje de cada cual. ¿Cómo es ello posible?: «Dejar de ser rebaño y recuperar nuestra individualidad es un buen comienzo. Después, es vivir el aquí y ahora de la mejor manera posible.»

Joaquina Pires-O’Brien, autora del libro objeto de la presente reseña, acierta al relacionar aspectos de su vida personal y cotidiana con la meditación y análisis a propósito de determinados asuntos tratados. Demuestra así tener bien aprendida la lección sobre el sentido y fin del ensayo, sintetizados en la siguiente declaración del principal inspirador del ensayo moderno, Michel de Montaigne: «Yo soy el tema de mi libro». 

No se confunda esto con un volumen de memorias. Los textos ofrecidos en los ensayos tienen que ver con la vida, porque son vitales, porque no se pierden en especulaciones ni circunloquios (tampoco en meras anécdotas), sino que nos hablan sobre aquellas cuestiones (sean intemporales, sean contemporáneas) que nos ocupan y nos preocupan. Y no para hacer de ellas una crónica, sino una indagación.

La condición profesional de la autora, concentradas en tareas de traducción y edición (está al frente del magazine Port-Vitoria) favorece en gran manera tal empeño. El lector encontrará así un permanente interés por esclarecer al máximo la significación de los conceptos abordados, así como una constante atención por dilucidar las más variadas cuestiones desde una óptica didáctica y un discurso comprensible. Es decir, razonables.

miércoles, 31 de agosto de 2016

LA FILOSOFÍA EN EL AULA ACABA EN FILOSOFÍA ÁULICA


Desde mediados del siglo XIX, la filosofía se ha visto reducida y limitada al ámbito de la Escuela, de la Academia, de la Universidad, de modo que en el momento presente –en especial, en la cultura española– es prácticamente imposible encontrar filósofos que no oficien de profesores y percibir actividad filosófica que no provenga de –o se dirija a– tales destinos, casi con exclusividad. Mientras tanto, gran parte de la sociedad, el gran público, es decir, la esfera pública, se mantiene al margen de estos dominios y de sus particulares jergas y disputas, hasta el punto de que ni siquiera observa con inapetencia dicho escenario, ya que, en verdad, ni se fija en él: no lo entiende y por ello se desentiende.

Hablamos de un escenario –de una circunstancia: el aula– que a muchos se les antojará obvio, como lo más natural del mundo. Según esto, la filosofía se situaría allí en su lugar natural, y, como diría Aristóteles, una vez en él se alcanza la quietud, cesando a continuación el movimiento y el cambio. Puede que no pocos hasta se sientan muy satisfechos de encontrarse en tal situación y estado, y tiemblen o se subleven o se ofendan ante la mínima revisión del caso, su cuestionamiento o simple constatación.

Habría que advertir, empero, que esta circunstancia no siempre ha ofrecido el mismo fondo y la misma forma. La filosofía nació en Occidente en el marco de la ciudad griega y maduró bajo el sol del ágora y del jardín, de los paseos y las alamedas. Es, como ya he dicho, desde el siglo XIX hasta hoy, cuando su actividad ha quedado circunscrita a lugares de encierro y lección aprendida, al aula, en fin, bajo el dictado de la lectio.

Pero también ha sabido la filosofía acomodarse, con resultados muy distintos, a otros espacios. Por ejemplo, a determinadas demarcaciones de la vivienda, como la torre-biblioteca, la habitación, el gabinete, la cama o la buhardilla, desde donde ha tejido primorosos ensayos, profundos pensamientos, razonadas críticas, discursos del método o silogismos de la amargura con un ánimo unas veces sereno, otras, exaltado, pero casi siempre excelso. O bien se ha dedicado a componer una sugestiva filosofía en el tocador..., registros e indicadores todos ellos de un gran refuerzo de subjetividad y de intimidad.


Y todo ello sin menospreciar los ámbitos de la civilidad. De esta manera, se ha paseado por academias renacentistas y salones barrocos, ha frecuentado tertulias, clubes, redacciones de periódico y cafés, recintos todos ellos que derraman gentilidad y promueven la publicidad. Igualmente, se ha vestido de calle –el porte de flâneur y ha conocido así las delicias de la ciudad y sus rincones, desde las avenidas a los pasajes. En ocasiones, se ha calzado las botas para caminar, abandonándose a la ensoñación de un paseante solitario o escalando montañas en busca de aire puro. Pues resulta que no siempre el ámbito filosófico ha quedado delimitado por una circunscripción definida y estricta, sino que en ocasiones se ha extendido y desplegado a través de un itinerario expedito, animado por una cabeza despierta y unos pies inquietos, que nos habla de una estirpe de sabios erráticos y vagamundos, pensadores sin oficio fijo ni patria patrona, a la intemperie, filósofos de un ámbito expandido bajo la sola protección del cielo abierto. […]

El pensamiento se ve así presionado por un dilema dramático que expresaré en términos inconfundiblemente orteguianos: persistir en el estado de ensimismamiento, consagrarse con dedicación exclusiva a la filosofía para filósofos, a la lección, a la cátedra, al manual, a la dependencia de la programación escolar y a la vigilancia angustiosa sobre el número de matrícula y los planes de estudio, lo cual conduce irremisiblemente a la parálisis y a la auto-referencia, o entregarse sin más a la alteración, al territorio de los medios, allí donde la reflexión se muda fácilmente en ruido y en furia, donde el conversar se traduce en chatear, la divulgación se vuelve vulgarización, allí donde el discurso filosófico se tritura y, hecho papilla, se convierte en cuentos con mensaje, «novela filosófica», manual de auto-ayuda o en productos fácilmente digeribles para espíritus juveniles y corazones solitarios. Ensimismamiento o alteración: ¿no cabe otra alternativa?

El filósofo ha pasado a lo largo de la Historia por las fases de sabio, maestro, doctor, intelectual y profesor. ¿Cuál es su estatuto hoy? 



Fragmento de mi intervención en la presentación del libro Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía (Síntesis, Madrid) en la ciudad de Valencia, el día 21 de febrero de 2002. La versión completa de la transcripción puede leerse en este página: «Filosofía y ámbito», revista El Catoblepas, número 11, enero 2003, pág. 7